Aquella noche en el piso de mi hermana y mi prima
Cuando bajé al salón a por un vaso de agua, mi prima me esperaba con la falda subida hasta la cintura y una sonrisa que no admitía discusión.
Cuando bajé al salón a por un vaso de agua, mi prima me esperaba con la falda subida hasta la cintura y una sonrisa que no admitía discusión.
Bajé del baño con la imagen de mi cuñada Renata recién duchada metida en la cabeza. Una hora después llamó a mi puerta envuelta en una bata.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Cuando me empujó detrás de los setos sin decir nada, supe que esa noche no iba a contarse en sobremesa. Y todavía faltaba lo peor —o lo mejor, según quién pregunte.
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
La toalla cayó al suelo cuando ella abrió la puerta. Yo seguía húmeda de la ducha, y la mirada que me lanzó no tenía nada de inocente.
Cuando entré a la cocina esa mañana, ella estaba de espaldas con una camiseta que apenas le cubría los muslos. Tres años cambian mucho a las personas.
Sabía que era el padre de mi amiga. Sabía que era una locura. Pero mis pies me llevaron igual, kilómetro tras kilómetro, hasta su puerta.
Entré al hotel con el vestido negro y la decisión tomada. Lo que no esperaba era que mi propio cuerpo me traicionara de esa forma.
Éramos tres en esa cabaña. Yo era la que sabía. Rodrigo era el que aprendería. Y Sofía no podía creer lo que estaba a punto de pasar.
El plan era sencillo: piscina, barbacoa y un fin de semana sin obligaciones. Lo que no esperaba era lo que el sábado por la mañana revelaría sobre los dos.
Abrí la carta en mi despacho, sola, y supe que algo iba a cambiar antes de terminar de leer. Lo que no esperaba era que el cambio viniera de mi marido.
Cuando mi marido cerró la puerta a las tres y me encontró en la cocina con el té entre los dedos y el encaje negro pegado al cuerpo, supe que no iba a quedarse callado.
Tres meses después de la ruptura me descargué una app. No imaginé que ese hombre mayor me haría vivir la noche más intensa de mi vida.
Llevaba tres semanas encerrado en la jaula cuando Valeria decidió invitar a sus amigas a cenar. Yo sería el espectáculo.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Hacía cinco años que no la veía. La mujer que entró al patio aquella tarde no tenía nada que ver con la prima adolescente que yo recordaba.