La fiesta de graduación que terminó en el baño de arriba
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
Mateo evitaba quedarse a solas con él porque, decía, a su lado sentía que iba a volverse gay. Esa tarde se quedaron solos, y la sudadera fue lo primero en caer.
Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre. Mi amigo entró con dos colegas y una chica que apenas me miró. Ninguno imaginaba cómo terminaría esa noche.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Cuando sentí el cuerpo de mi hijo dormido apretado contra mi espalda esa madrugada, no me aparté. Algo más viejo que yo decidió por mí, y supe que ya no quería detenerlo.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
Con el maquillaje corrido por el llanto, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba, decidida a que lo que sentíamos dejara por fin de ser un secreto.
Recibí a los dos en la puerta con un vestido negro y, mientras mi marido miraba desde el sillón, supe que esa noche el regalo de cumpleaños iba a ser yo.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
Tenía diecisiete años y una novia que estaba colada por otro. Tardé un año en entender que esa traición, lejos de dolerme, era lo que más me excitaba.
Me levanté de madrugada por un vaso de agua y la puerta entornada de su habitación me reveló algo que ya nunca pude sacarme de la cabeza.
Crecimos compartiendo secretos bajo las estrellas. La noche que su padre se fue de turno, descubrí que el niño con el que jugaba se había convertido en otra cosa.
Nunca lo había hecho con nadie. Y la primera persona que entró en mí no fue mi novio, sino su padre, una tarde en que la casa quedó vacía y yo no supe decir que no.
Le abrí la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación y una sola idea en la cabeza: esa noche Diego iba a descubrir lo que llevaba años callando.
Me había rechazado a plena luz del día. A las tres de la madrugada apareció en la sala, se desabrochó la camisa y dijo mi nombre como una sentencia.
Su novio nos miró sonriendo y dijo que el amor no era exclusivo. Esa misma tarde Marisol subió con nosotros a la habitación del hotel.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.