La bibliotecaria me esperaba en el sótano de libros
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Llevaba dos semanas reviviendo en mi cabeza aquel trío con mi hermana y mi marido. Esa mañana la llamé para salir, sin imaginar cómo terminaría el día.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.
Cuando se dio vuelta en el vestuario con esas tetas operadas apuntándome a la cara, supe que la salida con las chicas iba a terminar de un solo modo.
La chimenea encendida, el champán perdiendo su frío y yo en bragas frente al fuego. Esperaba a Helena, recién duchada, oliendo a perfume y promesas.
Entró al cuarto de estudio con una mirada que no admitía preguntas. Me ordenó que me desnudara. Tenía reunión en veinte minutos y yo iba a ser su entretenimiento.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Lo seguí en Instagram por curiosidad y terminé leyendo sus textos a medianoche con el corazón acelerado. Solo texto. Solo palabras. Solo él.
Entré a su cuarto con una bandeja y salí siendo otra persona. Sofía tenía veinte años y ya sabía más de mí de lo que yo misma sabía.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
Medio borracha junto al arroyo, busqué las toallitas en mi bolsillo y saqué algo que no debería estar ahí. Las malas decisiones siempre se recuerdan mejor.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Había comprado el juguete semanas atrás y lo guardé en el cajón por miedo. Esa noche decidí que ya era hora de dejar de esperar que alguien más lo hiciera.
Pagó en efectivo, tomó la llave sin cruzar palabras y subió. La habitación estaba oscura y la pantalla parpadeaba, esperando. Diego sabía exactamente para qué había venido.
Era solo un nombre en una lista larga. Cuando ella encendió la cámara, todo lo que creía sobre el deseo cambió para siempre.