Lo que entró en la fiesta esa noche no era humano
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Estaba solo, el calor era insoportable y el agua corría tibia sobre mi piel. Entonces se me ocurrió algo que llevaba meses imaginando y que jamás había tenido el valor de hacer.
Cerré la puerta con pestillo, respiré hondo y me dije que esa tarde por fin iba a averiguar de qué era capaz mi cuerpo cuando nadie me miraba.
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
Llegaron en una caja sin remitente. No imaginé que esa misma noche terminaría encerrada en mi cuarto, mordiendo la almohada para que nadie me escuchara.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Era su noche, su despedida. Pero cuando le tocó el castigo del juego, la novia se arrodilló frente a la stripper sin imaginar lo que despertaría en ella.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.