El entrenador del gimnasio me hizo dudar de todo
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Llevaba meses ignorando sus miradas en el espejo. Esa noche me quedé sola bajo la lluvia y él fue el único que apareció.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
La lluvia golpeaba el ventanal del departamento cuando Adrián me dijo que esta vez le tocaba a él empezar. Yo no sabía que su confesión me dejaría sin aliento durante días.
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
Llegué a la despedida con tacos rojos y el corazón roto. Lo que no imaginé es que iba a terminar arrodillada frente a un desconocido, sin querer que parara nunca.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Bajé al lobby del hotel en pijama a buscar un paquete y me encontré con él: un hombre enorme con manos del tamaño de mi cabeza y una sonrisa que no era del todo inocente.
Bajé al bar del hotel decidida a enfrentarlo, pero acabé volviendo a la habitación con la marca ardiente de su mano en una nalga y una orden que cumplí en el vuelo de vuelta.
Cuando Rodrigo extendió la cera tibia sobre mi piel con esa calma que tenía para todo, ya sabía que aquella cita no iba a terminar como las demás.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
Cuando dejé caer el abrigo en el pasillo oscuro y el aire de la noche me rozó la piel desnuda, supe que no habría marcha atrás.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Adrián me pidió una fantasía y yo le di un escenario perfecto: un cristal de una sola cara, un aniversario de mentira y a su hermano caminando directo a la trampa.
Demasiada cafeína para dormir, bajé al vestíbulo y allí estaba: rubia, elegante, con una taza de café entre las manos y esa sonrisa que no era del todo inocente.
Tres partidos en una tarde. Tres apuestas. Tres derrotas. Y entre dos amigos, una línea que se cruza una sola vez ya no se vuelve a borrar.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
Mi marido me dejo sola con la mudanza. El encargado tenia manos firmes, mirada directa y algo entre las piernas que no me dejo pensar con claridad.