La función de medianoche que compartimos los tres
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Cada ciudad nueva es una posibilidad. Me llamo Valeria, viajo sola y llevo una vida que muy pocos conocen. Esto es lo que pasa cuando apago el teléfono.
La vi sola en el café durante semanas: gruesa, bonita, con un cuerpo que su ropa no podía ocultar. Cuando me confesó que llevaba meses sin sexo, supe que algo iba a pasar.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Llevaba meses ignorando sus miradas en el espejo. Esa noche me quedé sola bajo la lluvia y él fue el único que apareció.
Cuando vi el mensaje en la bandeja no sabía que aceptarlo me llevaría a una tarde con dos desconocidos en el parque y a la noche más intensa de mi vida.
La lluvia golpeaba el ventanal del departamento cuando Adrián me dijo que esta vez le tocaba a él empezar. Yo no sabía que su confesión me dejaría sin aliento durante días.
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
Llegué a la despedida con tacos rojos y el corazón roto. Lo que no imaginé es que iba a terminar arrodillada frente a un desconocido, sin querer que parara nunca.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Bajé al lobby del hotel en pijama a buscar un paquete y me encontré con él: un hombre enorme con manos del tamaño de mi cabeza y una sonrisa que no era del todo inocente.
Bajé al bar del hotel decidida a enfrentarlo, pero acabé volviendo a la habitación con la marca ardiente de su mano en una nalga y una orden que cumplí en el vuelo de vuelta.
Cuando Rodrigo extendió la cera tibia sobre mi piel con esa calma que tenía para todo, ya sabía que aquella cita no iba a terminar como las demás.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
Cuando dejé caer el abrigo en el pasillo oscuro y el aire de la noche me rozó la piel desnuda, supe que no habría marcha atrás.