Esa tarde le entregué el test sin decir una palabra
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Historias reales contadas en primera persona
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Le había prometido un regalo de aniversario distinto. Lo que ella no imaginaba era que mi sorpresa la esperaba al otro lado de un agujero en la pared.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Llevaba semanas pensando en la petición de mi marido. Cuando ellos cruzaron la puerta del cuarto esa noche, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Eran las tres de la mañana cuando me asomé a la habitación de mis padres y vi a mi padre frente al televisor. No me fui. Me quedé mirando.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Entré en mi cuarto y la encontré desnuda en un rincón, masturbándose mientras me miraba. No dijo nada. Yo tampoco. Solo me senté frente a ella.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.