Rocío siempre sonreía, incluso así
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Historias reales contadas en primera persona
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
Estaba parado al otro lado de la puerta entornada, viendo lo que nunca debí ver. Lo que hice después cambió para siempre la forma en que nos mirábamos.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
Cuando le dije que era mi primera vez, se detuvo un instante y me miró. No con duda, sino con algo que se parecía demasiado a la satisfacción.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Por fin tenía su cuerpo frente a mí, a centímetros de distancia. Mi mejor amigo. Mi hombre. Y yo dispuesto a no dejar escapar ese momento por nada del mundo.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Me gustan las mujeres y la quiero a ella, pero hay algo que solo encuentro en otros hombres y no puedo dejar de buscarlo, por más que lo intente.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Empujé la puerta con la respiración contenida. Él dormía de lado, la sábana caída hasta la cintura. Si me iba en ese instante, no había pasado nada. No me fui.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Cuando se inclinó frente a mí en la prensa de piernas, supe que aquel lunes a las siete menos cuarto no iba a ser un entrenamiento normal.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.