Mi mejor amiga me usó como moneda de cambio
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Historias reales contadas en primera persona
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
Me pidió que la acompañara porque los bares estaban llenos. Bromeé con que me pondría cachondo viéndola, y ella sonrió como si llevara horas esperando que lo dijera.
La oí gemir desde el otro lado del pasillo. Supe que esa noche tampoco iba a dormir. Pegué el oído a la puerta y luego corrí al estudio de mi abuelo.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Cuando vio lo que asomaba por aquel agujero en la pared, supe que ya no había vuelta atrás. Mi regalo de aniversario nos llevaría más lejos de lo que jamás imaginamos.
Entré pidiendo una depilación. Salí con las piernas temblando y el cuerpo marcado por unas manos que conocían cada milímetro de mi piel mejor que yo misma.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Tres meses después de dejarlo, la vi besándose con otro en aquel bar. Esa misma noche entré en uno de ambiente y empecé a hundirme sin saber hasta dónde llegaría.
Vino dos horas antes de su vuelo, dejó la maleta en el pasillo y, antes de que pudiera reaccionar, se quitó la sudadera frente a mí.