El alivio prohibido del esclavo de la reina
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Llegué al complejo buscando un cuerpo que obedeciera sin preguntar. Lo que encontré esa tarde superó todo lo que había imaginado.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Aquel armario de hombre comía un bocadillo en la barra. Bastó cruzar miradas para saber que esa noche iría a buscarlo a la puerta de la discoteca.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Cuando le dije a Iván que se quedara, ella aún sostenía la cerveza fría entre las manos y me miraba como si ya supiera lo que estaba a punto de pedirle.
Rodrigo me miró fijo y me dijo que sí, que lo hiciera, pero que quería verlo todo. Y yo, que creía que eso me daría vergüenza, sentí exactamente lo contrario.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
Cuando Valentina se quitó la blusa frente a mí sin ningún pudor, pensé que solo era confianza. No entendía aún lo que tenía planeado para esa tarde.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando crucé el parque esa noche, ya sabía que no volvería siendo la misma. Dani tenía diecinueve años, el doble de músculo y ningún reparo en usarlos.
Cuando ella abrió el bolso en el parking, Diego entendió que aquella tarde no iba a terminar como había imaginado.
Cuando vi al hijo de mi amante por primera vez supe que sería un problema. No imaginé que esa misma tarde me estaría enviando fotos íntimas haciéndose pasar por su padre.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Afuera él era directivo casado. Adentro de ese despacho con la puerta echada, era otro hombre. Y yo me convertía en Valentina, su secreto más íntimo.