Lo que nadie sabe de esa noche con mi primo
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Arrodillada frente a la cama, mojada y sin permiso para ducharse, Valeria empezó a entender que ser esclava no era solo follar: era aprender a hablar.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
La presentaron a la casa como a una más, pero cuando la puerta de la habitación del Amo se cerró detrás de ella, Elena supo que nada la había preparado para esto.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Me pidió que apoyara las manos en la pared y me mirara en el espejo. Afuera había gente. Adentro, solo sus dedos moviéndose bajo la falda.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Sabía que habría consecuencias por llegar tarde. Lo que no sabía era que Marcos había planeado algo mucho peor que un castigo.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.