Lo que mi compañera de facultad me confesó esa noche
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Cuando vi cómo Daniela miraba a mi novia esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé es que yo terminaría suplicando que pasara.
Cuando se me llenó la casa de humo y volví a llamarlo, supe que esa tarde no iba a terminar solo arreglando la chimenea. Su mirada ya me había desnudado dos veces.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
Llevaba años escribiendo fantasías que jamás contaría en voz alta, hasta que un desconocido me escribió: «Quiero mostrarte que esa habitación que describes es real».
Solo había pasado a saludar antes de salir de compras. No esperaba que el hijo de mi amante apareciera en el baño con el celular en la mano.
Tenía catorce años y todavía era virgen cuando bajé descalzo por el pasillo. La puerta del cuarto de mis padres no estaba bien cerrada y por la rendija salía la luz.
Llamó al timbre con el uniforme polvoriento y la gorra retorcida entre las manos. Lo que venía a pedirle de parte de su padre era una locura que jamás imaginó.
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Cuando Lola bajó la persiana aquel martes de lluvia, supe que mi rutina de café había terminado. Lo que vino después no se le cuenta a nadie.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Bajé la guardia frente a mi hermana, dejé caer la ropa al suelo y me ofrecí entero. Lo que ninguno de los dos imaginaba era lo que mi mujer hacía en casa, justo en ese momento.
Subí a la habitación y las encontré sentadas en la cama, en lencería cambiada, con esa risa cómplice que tenían desde chicas y que esta vez no era inocente.
Llegué y la encontré con una de mis remeras y un calzón cómodo, como si fuera su novio el que volvía a casa. Esa noche no hubo cena, solo nosotros dos.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.