Mi compañero era casado y aun así llamó a mi puerta
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Su marido enviaba recordatorios y nunca mensajes para ella. El vigilante nocturno la miraba como si existiera de verdad. Una noche bastó para cambiarlo todo.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Cuando el peso de su cuerpo hundió el colchón a mi espalda, supe que no era mi novio. Y supe también que no iba a hacer nada para detenerlo.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
Llevaba meses ignorando sus miradas en el espejo. Esa noche me quedé sola bajo la lluvia y él fue el único que apareció.
Me detuve a mitad de la escalera. La puerta estaba abierta y lo que vi me dejó sin palabras: mi mujer, de rodillas, entre las piernas de mi hermana.
Me amenazó con acusarme si yo hablaba. Tenía el teléfono en la mano y una seguridad calculada. No contó con que yo tampoco tenía nada que perder.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Tardé dos segundos en reconocerlo al otro lado de la barra. Llevaba falda entallada y medias de red, y estaba dejándose tocar por un desconocido.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.