La cámara oculta que mi suegro instaló en casa
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.
Tardó demasiado en volver del baño. Cuando entré a buscarla, entendí todo: no había estado sola ni un momento desde que cruzó esa puerta.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
No planeé serle infiel a Esteban. Pero Diego tenía algo que me desarmaba con cada conversación, y el día que puso su mano en mi rodilla mientras manejaba, ya era tarde.
Después de años con ese secreto, lo dije de golpe: mi esposa se acostaba con otros y yo lo sabía. Lo que vi en los ojos de mi tío no era juicio, sino algo más oscuro.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
La recepcionista salió a almorzar y el doctor cerró la puerta del consultorio. Yo había ido por una simple rozadura. Salí por algo completamente distinto.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
No sabía cómo reaccionaría Marcos cuando se lo dijera. Pero con Andrés a pocos metros en esa fiesta, no pude seguir callándolo ni un segundo más.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.