Mi amante me obligó a salir a la calle vestida así
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Tres días de viaje, un marido infiel y el amigo de mi hijo dormido desnudo en mi cama. A veces la vida te pone las cosas demasiado fáciles.
Llevaba tres años siendo la novia perfecta de Andrés. Esa noche de viernes, con el móvil vibrando en el baño de la discoteca, supo que no iba a serlo por mucho más tiempo.
Ella abrió la puerta con el bebé en brazos y una sonrisa que decía más de lo que debería. Yo solo iba a tomar un café.
Cuando entró en aquella habitación oscura de la mano de un desconocido, supe que tenía dos opciones: dar media vuelta o seguirla. Tomé la peor de las dos.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.
Cuando dijo que ella también necesitaba mear no imaginé lo que iba a pasar entre dos coches mal aparcados. Han pasado años y todavía siento su sabor.
La villa era perfecta para una aventura: cuatro dormitorios, maridos pescando mar adentro y dos hombres que llegaban a las siete. Hasta que a las seis sonó el portón.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
Cuando me dijo que quería mirar, puse el teléfono contra el velador, encendí la cámara y lo dejé ver cada segundo de lo que pasó esa noche.
Éramos siete mujeres en ese departamento, el vino ya había hecho lo suyo, y Camila empezó a hablar. Lo que nos contó esa noche ninguna se lo esperaba.
No había venido a Málaga a buscar nada. Y sin embargo, Mateo apareció con sus veintiocho años y esos ojos que te hacen sentir que el mundo te debe algo.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Cuando marcó la extensión de mantenimiento por segunda vez esa noche, ya sabía que no era para pedirle que limpiara nada.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.