Dos semanas pensando en él y lo encontré en la esquina
Bastó un mensaje para que cancelara la noche. Lo encontré en la esquina de la casa de Sofía y supe exactamente dónde iba a terminar.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Bastó un mensaje para que cancelara la noche. Lo encontré en la esquina de la casa de Sofía y supe exactamente dónde iba a terminar.
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
La primera noche que oyeron a Marcos y Lucía al otro lado de la pared, Sofía supo que ese viaje no iba a terminar como había empezado.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Cuando vi su nombre en la pantalla supe lo que venía. El marido doblaría turno, las niñas estarían con su amiga, y ella estaría disponible todo el día.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Valeria salió del baño con un vestido negro que le ceñía cada curva. Eran las doce de la noche. Dos hombres estaban por llamar al timbre. Y yo ya sabía dónde iba a sentarme.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
Cuando colgué el teléfono supe que el viernes no iba a quedarme en la papelería. Su voz traía la misma promesa de la primera vez, pero más segura.
Bajé a ayudarlo vestida con lo que tenía puesto. No había calculado lo que pasaría cuando me senté a su lado en ese cuarto.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
El sobre llegó al plató una noche de martes. Papel grueso, mi nombre escrito a mano, una oferta que no debería haberme tentado tanto como lo hizo.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.