La milf del baile me pidió más que un beso
Llevaba varios días con la cabeza en otra parte. Tenía un viaje pendiente al extranjero con unos amigos, planes por cerrar y esa mezcla rara de ansiedad y ganas que se te instala en el pecho cuando sabes que algo importante se acerca. Pero aquella noche no iba a pensar en aeropuertos ni en maletas. Iba a bailar.
El plan era simple: reunirme con gente de la academia, pasarme por la cena aunque llegara tarde y terminar en una discoteca donde siempre sonaban los ritmos que nos desarmaban a todos. En ese grupo nunca sabías quién iba a aparecer, y parte del morbo estaba ahí, en la sorpresa.
Yo entré cuando ya servían el postre. Saludé, pedí una copa sin alcohol y me acomodé entre bromas, besos en la mejilla y comentarios sobre la música que vendría después. Entonces la vi.
Se llamaba Samira ahora, al menos en mi cabeza, porque la mujer que tenía delante merecía empezar de cero incluso en el nombre. Era una morena alta, de esas que no necesitan hacer nada para que una sala entera se oriente hacia ellas. Llevaba un vestido oscuro, corto, ajustado en la cintura y con un escote que enseñaba lo justo para volver idiota a cualquiera con ojos.
Ya nos conocíamos. No de una sola noche ni de un saludo casual. Habíamos compartido competiciones, ensayos, viajes breves con el grupo y varios momentos de esos que se te quedan incrustados en la memoria: besos largos en portales, manos debajo de una falda, jadeos contenidos en un ascensor, promesas que nunca llegaron a cumplirse.
Siempre pasaba lo mismo. Ella se dejaba arrastrar hasta el borde y justo antes de caer frenaba. La culpa, el marido, el miedo, lo que fuera. Yo me había cansado de ese juego a medias y la última vez se lo dejé claro: si volvíamos a empezar, esta vez terminábamos.
Aquella noche no vino sola. A su lado estaba su esposo, Darío, un tipo compacto, de sonrisa controlada y ojos demasiado atentos para ser un simple acompañante resignado. Me estrechó la mano con una cordialidad que no me tranquilizó en absoluto.
—Así que tú eres el famoso bailarín —me dijo—. Mi mujer habla de ti como si le hubieras salvado media vida en la pista.
—Exagera —respondí.
Samira bajó la mirada, sonrió apenas y siguió bebiendo. Ese gesto tan pequeño me confirmó que la electricidad seguía ahí, intacta, esperando una chispa.
Cuando por fin entramos al local, la noche se abrió de golpe. Luces bajas, aire tibio, perfume mezclado con alcohol y esa vibración grave de los bajos que te sube por las piernas. Nuestro grupo tenía una zona reservada, pero nadie pensaba quedarse sentado mucho tiempo.
Me aparté un momento hacia la barra y ella apareció a mi lado como si lo hubiera calculado.
—Yo sí sabía que vendrías —me dijo, mirándome de frente.
—Y aun así viniste con él.
—No iba a perderme la noche.
No hizo falta decir más. Volvimos con los demás y empezaron a sonar bachata, tango y luego zouk. Bailamos otras veces, con cierta prudencia, como si estuviéramos tanteando el terreno. Pero cuando anunciaron la kizomba, los dos reaccionamos igual. Nos buscamos entre la gente y terminamos en el mismo rincón de la pista, pegados desde el primer compás.
La kizomba tiene una manera muy precisa de borrar distancias. Mi mano en su espalda baja. Su muslo rozando el mío. El pecho de ella subiendo y bajando contra mi torso. La respiración mezclada. Nada era casual y nada era inocente.
Sentí su culo encajarse contra mi pelvis y no tardé en ponerme duro. Muy duro. Tanto que hasta yo pensé que se iba a notar desde la otra punta del salón. Samira también lo notó. Lo notó y en vez de apartarse, apretó más.
—No hagas eso —murmuró.
—Entonces deja de restregarte.
—No puedo.
Sus pezones se marcaban a través del vestido. Yo tenía la mano extendida sobre su cadera y, poco a poco, la fui bajando hasta abarcarle media nalga. Ella soltó un gemido mínimo, ahogado por la música, y ladeó la cabeza para ofrecerme el cuello. La besé justo debajo de la oreja.
—Necesito que me beses —susurró.
—Ya sabes la condición.
—No me dejes así otra vez.
—Si empiezo, termino.
La frase le hizo temblar el cuerpo entero. No se apartó. Al contrario, se pegó más a mí, con esa forma obscena de bailar que era casi follar vestidos en medio de la pista. Levanté la vista por encima de su hombro y vi a Darío observándonos desde la mesa. No tenía cara de idiota engañado. Tenía otra cosa. Una tensión quieta, concentrada, casi hambrienta.
Seguí bailando con ella y aproveché un giro para hablarle al oído.
—Hoy te voy a follar.
Se quedó rígida un segundo.
—Estás loco.
—Y tu marido quiere mirar.
—No digas tonterías.
—Míralo.
No quiso hacerlo. Yo sí. Darío seguía con los ojos clavados en nosotros, inmóvil, sin hacer nada por cortar la escena. Ahí entendí que el peligro no estaba en que nos descubrieran. El peligro era que aquello le estuviera gustando.
Cuando terminó la tanda, Samira fue hacia él con esa expresión de culpa anticipada que ya le conocía. Hablaron un momento. Él la besó con ganas, una forma posesiva de marcar territorio. Luego alzó el vaso en mi dirección y me llamó.
Me acerqué. Samira parecía sofocada, nerviosa, descolocada. Darío, en cambio, estaba sereno.
—Aprovechen para bailar —dijo—. No todos los días se encuentra una pareja de baile así de compenetrada.
—Tu esposa se mueve sola —respondí.
—Sí, pero le gusta el ritmo de verdad. No se conforma con poco.
Lo dijo mirándola a ella, aunque el destinatario era yo. Samira abrió la boca como para protestar, pero no le dio tiempo. Le extendí la mano. Dudó un segundo y me la dio.
Volvimos a la pista. Apenas dimos unos pasos, me habló entre dientes.
—Compórtate. Mi marido no es tonto.
—Tu marido está mojándose la boca viendo cómo te pegas a mí.
—No sabes de qué hablas.
—Sí sé. Y tú también. La diferencia es que a ti te da miedo decirlo.
Le agarré la cintura con firmeza y la hice girar. Cuando me dio la espalda, deslicé la mano por debajo del vestido y le apreté el culo desnudo bajo la tela. Se estremeció entera.
—Joder —murmuró—. Encuentra un sitio.
Esa frase fue la puerta. Ya no había marcha atrás.
***
Esperé el momento exacto. Ella volvió junto a su marido y yo desaparecí de la vista del grupo. Crucé el pasillo de los baños y la aguardé cerca de una escalera cerrada con una cadena y un cartel de paso restringido. Conocía el local; la planta superior estaba en obras y a esas horas no subía nadie.
La vi acercarse mirando a los lados, tensa. Cuando pasó a mi altura, la agarré por la cintura desde atrás. Dio un respingo, pero al reconocerme soltó el aire de golpe. La guié hasta la escalera, aparté la cadena y subimos.
Arriba olía a pintura y madera. La música llegaba amortiguada desde abajo. Había oscuridad suficiente para ocultarnos y luz suficiente para vernos la cara. En cuanto dejamos de oír pasos, la empujé contra la pared.
—Querías un beso —le dije.
No respondió. Me agarró de la nuca y me comió la boca con desesperación. Su lengua entró buscándome con una ansiedad que no recordaba en ella. Yo la besé más fuerte, metiéndole la mano bajo el vestido, subiéndoselo hasta las caderas. Llevaba unas braguitas finas, empapadas.
—Mírate —le murmuré contra los labios—. Chorreando por bailar conmigo.
—Cállate y sigue.
Le aparté la tela a un lado y le metí dos dedos de golpe. Se arqueó con un gemido ronco, clavándome las uñas en el brazo. Estaba muy mojada, caliente, abierta para mí como si llevara horas esperándolo.
—Joder… —susurró—. No hagas que pare ahora.
—No va a parar nada.
La besé otra vez mientras le bajaba las braguitas hasta los muslos. Con la otra mano me saqué la polla. Cuando la deslicé entre sus piernas, rozándole el coño de arriba abajo sin entrar todavía, abrió los ojos.
—¿Pero cómo…? —jadeó—. Se siente enorme así.
—Y todavía no la tienes dentro.
—Tenemos que…
No la dejé terminar. Me puse detrás de ella, le mordí el cuello y volví a pasarle la punta por la entrada. Sentí cómo intentaba echar el culo atrás para que no la penetrara y al mismo tiempo cómo se quedaba quieta en el instante exacto en que le rozaba el agujero. Quería frenar y quería que se la metiera. Las dos cosas a la vez.
—Dime que no —le susurré— y te suelto.
Se quedó callada.
Le sujeté una cadera y se la hundí de una embestida. Entré hasta el fondo. Samira soltó un grito ahogado y apoyó las manos en la pared para sostenerse. Su coño me apretó con una fuerza brutal desde el primer segundo.
—Joder, joder… —repetía—. Me la metiste… me la metiste de verdad…
—Sí. Y ahora te voy a follar como llevas años pidiendo.
Empecé a moverme sin prisa al principio, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hondo. El sonido húmedo de la penetración rebotaba en la escalera vacía. Ella intentaba no gemir fuerte, pero cada vez que la clavaba hasta el fondo se le escapaba un jadeo roto.
Le agarré una teta por encima del vestido, le pellizqué el pezón y aceleré. Su culo chocaba contra mi pelvis con fuerza. Notaba su humedad deslizándose por la polla, caliente, abundante, sucia. La mano con la que intentaba cubrirse la boca acabó aferrada a la pared mientras yo la follaba cada vez más duro.
—No pares —me dijo—. Por favor, no pares ahora.
Le llevé la mano entre las piernas y le froté el clítoris mientras seguía embistiendo. Se dobló, tembló y se corrió así, apretándose contra mí, convulsionando con el coño cerrado alrededor de mi polla. El orgasmo le salió mudo al principio y luego en un quejido largo que tuvo que tragarse en mi hombro.
Se quedó respirando a trompicones.
—Tengo que volver abajo —dijo de pronto, con culpa en la voz—. Darío puede estar buscándome.
—Pues que busque.
—No sabes lo que he hecho…
—Lo que has hecho es correrte mientras te follaba otro hombre. Y te ha encantado.
Quiso girarse, tal vez para marcharse, pero la abracé por detrás y volví a meterle la polla antes de que pudiera dar un paso. Esta vez la agarré más fuerte, sin darle tiempo a pensar. Le abrí las piernas con la rodilla y la follé desde atrás con más ritmo, más seco, más animal.
—Tu marido ya es un cornudo, te guste o no —le dije al oído.
—No…
Le metí otra embestida que le cortó la frase.
—Desde que estás tragando polla ajena con esa cara de puta arrepentida, sí.
Se estremeció al oírme hablarle así. Lo noté. Su resistencia se aflojó y echó la cabeza hacia atrás para buscar mi boca. La besé con brutalidad, lengua, saliva y respiración rota. Cuando me separé, ella estaba perdida.
—Date prisa —jadeó—. Si vamos a hacerlo, hazlo bien.
La follé contra la pared hasta que volvió a correrse. Esta vez con más ruido, moviendo las caderas como una loca, clavándose sola en mi polla para buscar más fondo. Sus braguitas quedaron abandonadas en el suelo. Cuando terminé de vaciarla por segunda vez, la dejé unos segundos apoyada en la pared, temblando.
Y entonces volvió la culpa de golpe. La vi en su cara, brutal, inmediata.
—Joder… joder… le puse los cuernos —balbuceó—. ¿Qué hice? ¿Qué coño hice?
No intenté consolarla. Ya conocía ese momento. Solo me arreglé la ropa y la dejé respirar.
—Baja cuando quieras —le dije.
***
No tardé en encontrarme con Darío. O quizá fue él quien me encontró a mí. Estaba más lúcido de lo que cabía esperar en alguien que llevaba horas con un vaso en la mano. Luego descubrí por qué: no bebía alcohol, solo jugo con hielo para mezclarse con el resto.
Nos sentamos aparte. Hablamos primero de cualquier tontería y después, sin venir mucho a cuento, empezó a deslizarse hacia el terreno que de verdad le interesaba.
—Las parejas largas necesitan aire —dijo.
—A veces sí.
—Un poco de juego, un roce, un flirteo… ya sabes.
—Depende hasta dónde aguante cada uno.
Me observó fijamente, como midiendo cada palabra. No iba a confesar nada, pero necesitaba asomarse al borde. Quería excitarse con la idea sin admitirla del todo.
Cuando Samira volvió, se quedó de piedra al vernos hablando como si nada. Se sentó entre los dos y Darío, sin disimulo, le puso la mano en la rodilla. Empezó a subir por su muslo por debajo del vestido. Ella no lo apartó esta vez. Lo dejó hacer, quizá porque seguía sintiendo mi polla dentro de su cuerpo, quizá porque ya era inútil fingir pureza.
Yo acerqué mi mano despacio a su otra pierna. Darío me miró y no dijo que no. La toqué. Piel caliente, suave, temblor contenido. Samira nos miró a ambos con rabia y con deseo. Estaba acorralada por lo que había hecho y por lo mucho que todavía quería.
Se levantó diciendo que iba a buscar el bolso. El espacio entre la mesa y mi asiento era estrecho. Darío hizo un pequeño movimiento con la pierna y ella tropezó, cayendo sentada sobre mí. Su culo se encajó directamente contra mi entrepierna. Yo ya estaba duro otra vez.
Ella se quedó inmóvil un instante. Darío no la ayudó. Solo le acercó el bolso con una media sonrisa.
Fue entonces cuando Samira explotó.
—Antes estuve con él arriba —soltó de golpe, mirando a su marido—. Y pasó más de lo que querías que pasara.
Darío frunció el ceño.
—No te creo.
—Te lo digo en serio.
—Quieres provocarme.
—Entonces vámonos y hablamos fuera.
Yo me mantuve callado. Esa parte ya les pertenecía a ellos. Pero cuando propuso marcharnos, ambos me miraron como si fuera evidente que también tenía que ir.
***
El coche estaba aparcado casi en la puerta. Un todoterreno amplio, oscuro, con las lunas traseras tintadas. Darío condujo. Yo me senté atrás. Samira abrió la puerta del copiloto, lo pensó un segundo y acabó entrando conmigo en la parte posterior.
Ni bien arrancamos, ella se metió las manos bajo el vestido, se quitó las braguitas y las lanzó hacia adelante.
—Mira cómo están —le dijo a su marido—. Para que veas que no te mentí.
Darío las atrapó con una mano, las apretó y guardó silencio. Su respiración cambió. Yo lo oí.
Aproveché esa grieta. Le puse la mano en un pecho a Samira y noté el pezón duro, casi doloroso de lo tenso que estaba. Bajé por su vientre, separé sus piernas y hundí dos dedos en su coño. Seguía mojada, más que antes. Gemió tan fuerte que Darío dio un respingo al volante.
—¿Qué coño pasa ahí atrás? —soltó.
—Que me está metiendo mano —respondió ella, sin pudor—. Y me está dando un gusto de la hostia.
Metí y saqué los dedos, frotándole al mismo tiempo el clítoris con el pulgar. Ella abrió más las piernas, ofreciéndose entera. La oscuridad del coche, el motor, la carretera y la tensión de ser descubiertos lo volvían todo más sucio.
—Siempre te dije que tus juegos podían salirte mal —le dijo a Darío, agitada—. Pues ya se salieron de control.
Me abrí el pantalón y saqué la polla. Ella la miró un segundo y se relamió como si estuviera muerta de hambre.
—Sigue conduciendo o para donde quieras —le dijo a su marido—. Pero yo ahora mismo voy a comerle la polla.
El coche dio un giro brusco y cambió de ruta. Samira se arrodilló como pudo entre los asientos y me la metió en la boca sin más ceremonia. Chupó con ansia, profundo, babándose sobre la verga, agarrándome los muslos para marcar el ritmo. Cada vez que me tragaba hasta el fondo soltaba un ruido húmedo, obsceno, de verdadera necesidad.
—Tu mujer la mama de vicio —le dije a Darío, sin dejar de sujetarle el pelo—. Y tú vas oyendo cómo se la traga entera.
—¿Ya habíais follado antes? —preguntó él con una voz extraña, tensa.
—No. Porque ella frenaba siempre. Hoy no.
Eso la puso todavía más caliente. Me chupó con más fuerza, como si quisiera demostrarlo. Yo la levanté del pelo y la senté de nuevo a mi lado. No quería correrme todavía.
La carretera se volvió más irregular. Habíamos salido de la zona iluminada. Darío acabó deteniendo el coche en un descampado oscuro. Apagó el motor. El silencio después de la música fue brutal.
Le abrí más las piernas a Samira y le pasé la polla por todo el coño sin entrar, empapándola más, rozándole el clítoris, golpeándole apenas la entrada. Ella se retorcía.
—Métemela ya —me exigió, mordiéndome el labio.
—Mira a tu marido.
Giró la cara hacia él. En ese momento le clavé la polla hasta el fondo. Gritó. Un grito real, animal, que llenó el coche entero. Se corrió casi al instante, con el cuerpo sacudido por espasmos, agarrada al asiento delantero.
Empecé a follarla ahí mismo, en el asiento trasero, con embestidas cortas al principio y luego cada vez más violentas. Darío encendió una linterna pequeña y el haz de luz nos encontró sudados, desordenados, completamente expuestos. Yo veía su cara entre excitada y aturdida mientras contemplaba cómo le abría las piernas a su esposa y le hundía la polla una y otra vez.
Metí la mano por detrás y le lubricé el culo con los dedos llenos de su propio flujo. Le fui abriendo el ano despacio, primero uno, luego dos dedos. Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás.
—Bésame —me pidió—. Bésame como antes.
La besé mientras la follaba y la dedeteaba por el culo. Cuando nos separamos, ya no era la mujer contenida de hacía unas horas. Tenía la cara deshecha de placer, el maquillaje corrido y una expresión de pura viciosa.
—Mírame bien —le dijo a su marido—. Me están metiendo dedos en el culo mientras me follan. ¿Eso también era parte de tu jueguito?
Darío acercó la mano, tocó mi polla resbaladiza entrando y saliendo de su mujer y se tensó.
—Pensé que te habías puesto condón.
—No quiso que parara —respondí.
—Ni se te ocurra sacarla ahora —dijo ella enseguida—. Ya es tarde para hacerse la fina.
Darío la besó. Un beso corto, torpe, como quien prueba algo que le da morbo y celos a la vez. Samira sonrió al separarse y volvió a empujar las caderas contra mí para que la siguiera follando.
Se corrió de nuevo. Esta vez tan fuerte que tuve que sujetarla por la cintura para que no se golpeara contra la puerta. Luego la saqué del coche. La apoyé en la carrocería, inclinada hacia adelante, el vestido subido hasta la cintura, el culo al aire en plena oscuridad.
La follé desde atrás con ganas atrasadas de años. Cada embestida sonaba seca en la noche. Le di una nalgada y luego otra. El culo se le puso rojo y precioso. Soltó un jadeo tembloroso.
—Más fuerte —pidió Darío desde un lado, casi ronco—. Dale más fuerte.
Eso me hizo reír. Le pegué otra vez, con la palma abierta, y después seguí penetrándola duro, hasta que noté que sus piernas le flaqueaban.
—Quiero tu culo —le dije.
—Es tuyo.
Volvimos al coche. Me senté de lado en el asiento trasero y la hice colocarse sobre mí. Esta vez sí me puse un preservativo. Darío, obediente y fascinado, me ayudó a guiar la polla hasta el ano de su mujer. Samira bajó despacio, respirando hondo. El culo la tragó mejor de lo que esperaba.
—Joder… —gimió—. Sí… así…
Quedó sentada sobre mí, empalada hasta dentro, y le habló a su marido con una seguridad que no había mostrado en toda la noche.
—Ahora cómeme el coño.
Darío se agachó entre sus piernas y obedeció. Yo la sujeté por la cintura mientras ella subía y bajaba sobre mi polla, follándose el culo a su ritmo. El marido le lamía el clítoris por debajo y yo sentía las dos humedades mezcladas, sus gemidos cada vez más descontrolados, el coche moviéndose con cada sacudida.
Acabó corriéndose con un aullido, apretando el culo alrededor de la polla y agarrándome de los hombros. Tardó en bajar de ese orgasmo. Pero cuando bajó, no quería parar.
—Quiero más —dijo jadeando—. Os quiero a los dos.
Darío dudó. Miró el espacio reducido del coche, luego me miró a mí, luego a ella. Yo no iba a resolverle la vida; solo iba a seguir donde nos había traído. La levanté en brazos, la dejé suspendida con las piernas abiertas sobre mis antebrazos y volví a metérsela por delante. Darío se colocó detrás y acabó penetrándole el culo mientras yo le follaba el coño.
Samira perdió completamente la cabeza. Tenía un hombre delante y otro detrás, la boca abierta, los pechos saltándole con cada envión, la voz rota de tanto gemir. Sus dos agujeros apretaban, cedían, volvían a apretar. Era pura carne caliente y deseo desatado.
—Sí, así, así… no paréis… —repetía—. Folladme los dos…
Se corrió otra vez, salvajemente, casi sin aire. El orgasmo le sacudió el cuerpo entero y arrastró también al marido, que se vació en su culo con una torpeza hambrienta. Yo tuve que contenerme a la fuerza para no correrme también en ese momento.
Cuando Darío se apartó, ya blando y respirando agitado, Samira me miró con una cara de necesidad absoluta.
—Termina conmigo.
Pero él intervino, alarmado de pronto.
—Dentro no. Ahí no.
Ella se echó a reír, desquiciada por el placer.
—Ahora te preocupas.
Decidí no discutir. Me salí y le agarré la nuca. Ella se arrodilló enseguida, como si llevara toda la noche esperando ese final. Se metió mi polla en la boca y empezó a mamármela con una dedicación obscena, mirando a su marido por momentos para obligarlo a presenciarlo. Yo la empujé suave pero firme, marcándole el ritmo hasta que no pude más.
Me corrí dentro de su boca. Mucho. Ella lo tragó a medias, dejó que el resto le llenara la lengua y luego se incorporó para besar a su marido, pasándole mi sabor directamente. Él respondió. No hubo asco ni rechazo. Solo morbo, derrota y excitación.
Después, Samira volvió a mí para limpiarme la polla con la boca hasta dejarla temblando y sensible.
***
El regreso fue silencioso durante un buen rato. La ciudad reapareció poco a poco, con sus luces y su falsa normalidad, mientras dentro del coche seguía flotando ese olor espeso a sexo, saliva y sudor.
Darío fue el primero en hablar.
—No fue por joderte que no quisiera que acabaras dentro —dijo, sin mirarme por el retrovisor—. Es otra cosa.
No respondí. No me interesaban demasiado sus explicaciones. Pero Samira sí giró la cabeza, todavía despeinada, todavía con la cara de haber sido follada sin descanso.
Él siguió hablando, como si necesitara justificarse ante los dos.
Ella lo escuchó y después sonrió de una forma que no supe leer del todo. Apoyó una mano en mi muslo y otra en el respaldo delantero.
—Pues yo solo sé una cosa —dijo con voz baja, satisfecha y peligrosa—. Esta noche por fin terminé lo que llevaba demasiado tiempo empezado.
Nadie añadió nada. Ya no hacía falta.
Si este relato te dejó con ganas y estás en zona norte, conocé chicas escort en Escobar.