Cuando le conté mi pasado, su reacción me encendió
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Cuando Marco le dijo que tenía una sorpresa, Carmela eligió su vestido verde. No esperaba encontrarse con los ojos oscuros de Diego clavados en ella.
Le mandé un mensaje a la actriz más famosa del mundo después del partido. No esperaba respuesta. La tuve, y cambió todo lo que creía saber de mí.
Cuando colgué el teléfono supe que el viernes no iba a quedarme en la papelería. Su voz traía la misma promesa de la primera vez, pero más segura.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Crucé el pasillo a oscuras esperando darle un abrazo y terminé pegado a la rendija de su cuarto, viendo lo que dos mujeres maduras habían preparado.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
Escuché sus gemidos la primera noche desde el otro lado de la pared. No podía saber que esa pareja mayor terminaría en mi cocina pidiendo mucho más.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
Me llamo Valentina. Tres meses de hormonas, una playa nudista y la mirada de mi madre me convirtieron, por fin, en quien siempre había sido.
Cuando entré en ese garaje sin avisar, encontré a dos mujeres con las manos vendadas, los pechos al aire y la rabia de años acumulada entre ellas.
El mensaje llegó la noche anterior: «Mañana serás mi profesora. Trae uniforme». Me quedé con el teléfono en la mano, sin poder dormir.
Llevaba semanas yendo al mismo gimnasio aburrida, hasta que el dueño apareció: cuarenta y pico, brazos marcados, con esa calma que intimida más que cualquier gesto.
Llevo años explicando en clase que el tabú no desaparece, solo se disfraza. Nunca lo entendí tan bien como esa noche en el motel.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Esa noche entré en el salón con el corazón acelerado. Sabía lo que quería y sabía que él también lo quería. Solo faltaba dar el primer paso.