Una canción me devuelve al hostal donde lo conocí
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Ella era elegante, siempre impecable. Pero en esa pantalla vi otra versión de la madre de mi novio que jamás habría imaginado.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
Bajé por una botella de agua a las tres de la madrugada y allí estaba ella, sorbiendo un café con las dos manos como si la taza fuera lo único que la mantenía despierta.
Tenía diecinueve años, las manos le temblaban y me pidió que le enseñara. Yo tenía treinta y ocho, una bata de seda y toda la noche por delante.
Afuera nevaba sin parar. Adentro, al otro lado de la pared, alguien gemía. Y yo tenía a mi tía dormida a mi lado, con el albornoz apenas cerrado.
Llevaba meses ignorando sus miradas. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo bien, decidí no seguir caminando.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Pegué el oído a la puerta del cuarto de mi madre y desde esa noche ya no pude dejar de mirar. Lo que descubrí me cambió para siempre.
Cuando entré en mi cuarto la encontré sentada en el rincón, desnuda, con la cabeza ladeada y una pregunta en los ojos que ninguno de los dos esperaba.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Vivir bajo el mismo techo con dos hombres hambrientos y ser la única mujer de la casa tiene sus consecuencias.