Mi tía Mariela y la noche que se quedó dormida
Cuando la tapé con la manta y mi mano rozó sin querer la curva de su cadera, supe que iba a tardar mucho en apartarla de ahí.
Cuando la tapé con la manta y mi mano rozó sin querer la curva de su cadera, supe que iba a tardar mucho en apartarla de ahí.
Marcos llegó a casa con la excusa del divorcio. En cuanto los padres de Mateo se fueron, se quitó el bañador y preguntó si a su sobrino le molestaba.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Tenía cuarenta y cinco días para pagar el embargo o perder el apartamento donde dormía mi hijo. Esa noche, frente al espejo, decidí que el orgullo no era un lujo que pudiera permitirme.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
A las dos horas de mirar el techo, decidí que no iba a seguir esperando. Me arrimé a ella por detrás y empecé donde siempre termina el proceso.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Éramos siete mujeres en ese departamento, el vino ya había hecho lo suyo, y Camila empezó a hablar. Lo que nos contó esa noche ninguna se lo esperaba.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
Cuando los primeros gemidos cruzaron la puerta del 412, todavía sostenía la cubeta de champán con las dos manos. Diez minutos después ya no pensaba en el hotel.
Fuimos a la playa nudista a relajarnos. Lo que empezo con miradas furtivas termino con ella gimiendo entre desconocidos mientras yo no podia dejar de mirar.
Había noches en que no miraba la cara de quien entraba. Contaba el dinero y esperaba que terminara. Pero una vez todo fue completamente distinto.
Valeria lleva veinte minutos sola en casa, tumbada en la cama, con la tarde entera por delante y un calor entre las piernas que ya no puede ignorar.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
A las cinco de la mañana, el pasillo de mi casa debería estar vacío. Pero ahí estaba yo, con la espalda en la pared, sin poder moverme ni querer hacerlo.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.