La despedida de vacaciones que Marcos organizó para mí
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
La puerta entreabierta dejaba escapar un gemido sofocado y yo, paralizado entre las sombras del pasillo, no podía moverme ni dejar de mirar lo que estaba viendo.
Ella estaba de treinta y seis semanas y yo sola con ella toda la semana. Nadie sabía lo que cruzaba por mi cabeza cada vez que la ayudaba.
A los sesenta y tres años llevaba una década masturbándome sola. No esperaba que la chica del cuarto libre fuera a cambiar eso para siempre.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Tenía su ropa íntima en una mano y el teléfono en la otra cuando oí la puerta principal abrirse. Camila estaba ahí, mirándome desde el pasillo.
Una puerta entreabierta fue el comienzo. Después vino el espejo que instalé en su cuarto para verla mejor, noche tras noche.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Rodrigo la convenció de darse la vuelta. Era solo un momento, decía. Marcos llevaba años mirándola así y Sandra no lo había visto hasta ahora.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Llevaba media hora escuchándole renegar con sus compañeros de equipo. Las ganas de distraerle me pudieron, y me saqué la ropa sin hacer ruido.
Sé que estoy soñando, pero el calor de sus manos en mi piel es demasiado real para ignorarlo. Y no quiero despertar todavía.
Su mensaje apareció después de meses de silencio. Tres palabras bastaron para que todo lo que había fantaseado volviera de golpe.
Me prometí esperar. Que cuanto más me lo negara, más intenso sería. Pero el cuerpo tiene sus propias razones y esa noche no estaba dispuesto a ceder.