Esa noche no pude resistirme más
Los gemidos llegaban directo a mis oídos y algo en mí cedió por fin. Esa noche no iba a negarme nada.
Los gemidos llegaban directo a mis oídos y algo en mí cedió por fin. Esa noche no iba a negarme nada.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.
El uniforme sudado, los pies destrozados y el encargado rondando. Pero yo guardaba un secreto: un cubículo al fondo y un deseo urgente.
Las cinco y media. El pasillo a oscuras. Fui a llamarla y lo que escuché al otro lado de esa puerta me dejó sin aire durante quince minutos.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Marcos lloraba de rabia en esa cama articulada, convencido de que nunca volvería a sentir a una mujer. Yo cerré la puerta con llave y me quité la ropa.
Medio borracha junto al arroyo, busqué las toallitas en mi bolsillo y saqué algo que no debería estar ahí. Las malas decisiones siempre se recuerdan mejor.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.
Llevábamos días encerrados cuando las conversaciones se volvieron peligrosas. Su confesión en la oscuridad terminó con mis manos sobre él.
Llevábamos tres semanas hablando por teléfono. Cuando por fin le abrí la puerta, supe que esa noche no iba a terminar con un simple beso.
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Cerré la heladera despacio, con una jeringa en la mano. Solo yo sabía lo que estaba a punto de hacer en esa cocina.
Ella se vestía para mí los viernes: nada debajo del vestido, dedos entre las piernas camino al cine, y el capó del carro como cama en la oscuridad.
Cuando abrí la puerta, lo primero que noté fueron sus labios. Lo segundo, cómo me miró antes de entrar. Ya sabía cómo iba a terminar la tarde.
Cuando la casa quedó vacía por fin, saqué el body rojo, el tequila y el espejo grande. Sabía exactamente cómo iba a pasar esas horas.
Éramos tres en esa cabaña. Yo era la que sabía. Rodrigo era el que aprendería. Y Sofía no podía creer lo que estaba a punto de pasar.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.