La fantasía que no le conté a mi mujer
Me pregunto si algo falla en mí. Estoy dentro de ella y mi mente ya se fue: otro hombre, haciéndola gemir de una forma que yo nunca he logrado.
Me pregunto si algo falla en mí. Estoy dentro de ella y mi mente ya se fue: otro hombre, haciéndola gemir de una forma que yo nunca he logrado.
El plan era sencillo: piscina, barbacoa y un fin de semana sin obligaciones. Lo que no esperaba era lo que el sábado por la mañana revelaría sobre los dos.
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
No tenía sueño. Él llegó por detrás, me besó el cuello y puso las manos donde yo no podía permitirme gemir. La puerta del cuarto seguía cerrada.
Mis padres no estaban. La tarde era larga y el deseo, insoportable. Cuando el nombre 'Valeria_sola' apareció en la lista, algo me dijo que esa tarde sería diferente.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Hay mañanas en que el cuerpo me gana antes que la mente. Las sábanas húmedas, las caderas moviéndose solas, y entonces te invento a ti: un desconocido que me rompe entera.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Carmen dormía al sol desnuda mientras yo tomaba la peor y mejor decisión de mi vida. Cuando despertó y vio el estado en que estaba, no reaccionó como esperaba.
Cuando el director del banco me propuso una cena privada en su suite, yo solo pensaba en salvar el apartamento. No imaginaba lo que despertaría en mí esa noche.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Anduve quince minutos hasta su hotel con el vestido más corto que tenía. Sabía exactamente para qué iba y no me importaba que se notara.
Cuando el paquete llegó con la muñeca equivocada, el doctor estuvo a punto de devolverla. Entonces entró su nueva paciente y todo cambió.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.
Cuando gritó mi nombre en el parking para que todos la oyeran, supe que la semana entera de tensión en la oficina estaba a punto de explotar.
Ernesto llevaba años sin mirarme así. Entonces llegaron los vecinos de enfrente y en una cena encendieron algo que creíamos dormido para siempre.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.