La noche que un maduro en el bus me enloqueció
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Cuando me ató las muñecas con su pañuelo y me susurró que no me moviera, supe que algo dentro de mí había cambiado para siempre.
Nunca le di un like. Nunca le escribí. Pero sus relatos me perseguían hasta la cama, y una noche entendí que ya no podía seguir ignorando lo que sentía.
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Pagó en efectivo, tomó la llave sin cruzar palabras y subió. La habitación estaba oscura y la pantalla parpadeaba, esperando. Diego sabía exactamente para qué había venido.
La luz azul del monitor, los auriculares puestos y mi boca bajando despacio por su cuerpo mientras él trataba de que nadie en la partida se diera cuenta.
Llegué a casa de sus padres y la vi en la puerta con ese vestido corto que me volvía loco. Sin nada debajo. Exactamente como le había pedido.
Cuando él llegó primero, ella ya estaba mirando las estanterías con un libro que no leía. Eran los únicos dos. Y ninguno fingió sorpresa.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Llevaba una hora mirando el techo mientras Camila dormía a mi lado. No pude aguantar más y empecé a tocarla, muy despacio.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.
Cuando el plug de metal llegó a casa, lo sostuve en la mano y dudé. Lo que vino después cambió para siempre la forma en que conozco mi cuerpo.
Nada más salir del parking deslizó su mano y cerró los ojos. Yo busqué un camino sin salida. Llevábamos toda una semana sin poder tocarnos.
Afuera nevaba sin parar. Adentro, al otro lado de la pared, alguien gemía. Y yo tenía a mi tía dormida a mi lado, con el albornoz apenas cerrado.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Nos quedamos solos en casa con fiebre y aburrimiento. A la tercera noche, con las luces apagadas, Marcos me confió lo que nadie más sabía de él.
Ella esperó con la mesa puesta, la lencería nueva y una botella de vino. Al día siguiente los tres desayunaron juntos y Valeria decidió cómo cobrar la deuda.