El agujero en la pared que le regalé de aniversario
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
El teléfono de su marido estaba en la mesilla. Ella sabía que no debía abrirlo. Lo abrió igual. Y lo que encontró la destruyó de dos maneras.
Llevaba semanas sin plan y una tarde aburrida me lo cambió todo. Su foto era honesta: era exactamente lo que apareció en mi puerta dos horas después.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.
Había comprado el juguete semanas atrás y lo guardé en el cajón por miedo. Esa noche decidí que ya era hora de dejar de esperar que alguien más lo hiciera.
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
Toda la familia creía que Andrés era el hermano bueno que se sacrificó por mí. Nadie sabía que también era el padre de mis hijos y el único hombre que he querido.
Llevo años explicando en clase que el tabú no desaparece, solo se disfraza. Nunca lo entendí tan bien como esa noche en el motel.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Esa noche entré en el salón con el corazón acelerado. Sabía lo que quería y sabía que él también lo quería. Solo faltaba dar el primer paso.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Cuando le dije que no podía concentrarme, ella rodeó mi escritorio, se plantó a mi lado y me soltó la frase que cambió todo entre nosotros.
La puerta de mi cuarto no cerraba del todo por el lado izquierdo. Ella lo sabía. Yo también. Durante semanas fingimos que no.
Hoy me toqué pensando en aquella partida online en la que tú no podías ni respirar fuerte y yo aproveché cada uno de tus silencios.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Apoyé la frente contra la puerta del dormitorio, intentando no hacer ruido, y entonces sentí su aliento en la nuca y supe que esa noche no íbamos a dormir todavía.
Cuando Marcos me describió cómo envolvía a sus amantes en film stretch, tuve que escaparme al baño. No por lo que creen.