Lo que pasó frente a la puerta del dormitorio
Los niños ya dormían a tres metros. Yo no podía hacer ruido. Pero cuando sus manos subieron por debajo del pijama, supe que esa noche no íbamos a dormirnos pronto.
Los niños ya dormían a tres metros. Yo no podía hacer ruido. Pero cuando sus manos subieron por debajo del pijama, supe que esa noche no íbamos a dormirnos pronto.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Desperté con las sábanas húmedas por lo que había soñado. Me toqué antes de levantarme. Y el día entero fue igual: el cuerpo con su propia agenda.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Nadie habló de lo que pasó esa semana. No hacía falta. Las tres sabíamos que algo entre nosotras había cambiado para siempre.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Llevaba semanas sirviendo copas bajo su mirada. Cuando apagó la última luz y le ofreció ayuda para cerrar, supo que esa noche iba a ser diferente.
Esa noche estaba sola, las cortinas cerradas, y decidí explorar hasta donde nunca había llegado. Lo que pasó después me dejó temblando frente al espejo durante horas.
Tenía cuarenta y cinco días para perder todo o aceptar su propuesta. Cuando colgué el teléfono, no fue mi mano la que tembló. Fue algo que aún no sabía nombrar.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Estaba respirando hondo frente a la puerta del cuarto cuando sus manos me rodearon la cintura por detrás. No estaba preparada para lo que venía.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
Nos tocabamos a escondidas desde hacia semanas, pero esa noche el juego de botella nos obligo a mostrarlo frente a ellos.
Habíamos pasado tres semanas sin vernos. Cuando lo recogí en su casa ya sabíamos los dos que no íbamos a terminar en ningún bar.