Cómo empecé a contar nuestros tríos secretos
—Estás loco —le solté, alzando la voz más de lo que quería.
Lo dejé sentado frente a la mesa y me encerré en el baño antes de que siguiera hablando. No era la propuesta en sí lo que me había sacudido, porque lo que habíamos vivido juntos durante años había sido de todo menos tímido. Lo que me revolvía por dentro era otra cosa: ponerlo por escrito, admitirlo, dejar que otras personas imaginaran mi cuerpo abierto, mi boca llena, mis piernas temblando por hombres que ni siquiera eran él.
Me incliné sobre el lavabo y me eché agua en la cara. Aun así, sus palabras seguían clavadas en mi cabeza.
—Quiero contar todas las travesuras que hemos vivido estos años.
No lo había dejado terminar, pero bastó esa frase para abrir una compuerta. Levanté la cara y vi mi reflejo con gotas resbalándome por la barbilla. En otro momento habría sido solo agua. Esa noche, en cambio, mi mente cambió el líquido por otro más espeso, más caliente, y de golpe me vi otra vez llena de semen, con el cuerpo usado y feliz, recordando demasiadas noches.
Recordé al primero con el que compartimos de verdad, un moreno alto de manos enormes al que aquí voy a llamar Darío. Yo no creía que un hombre pudiera tener una verga así hasta que la vi a pocos centímetros de mi cara, gruesa de una forma obscena, pesada sobre su vientre. También recordé a Mauro, el extranjero que me hacía correrme solo con su forma de besarme, y la noche en que me mojó la cara y el pecho con mi propio chorro porque me hizo un oral tan bruto y tan preciso que terminé pidiéndole perdón, convencida de que me había meado sobre él.
Luego llegaron otros recuerdos, más veloces, más sucios. Un grupo de turistas en un hotel del Caribe. Mi cuerpo ocupado por completo, sin un hueco libre, con una polla en la boca, otra en el coño, otra empujando mi culo mientras mis manos apretaban dos más. Y después la cocina de aquel restaurante del resort, donde lo que empezó como una broma con un camarero acabó conmigo apoyada contra una mesa de acero, con el vestido recogido a la cintura, tragándome gemidos mientras varios miembros del personal iban turnándose para tocarme y follarme.
Solo con recordarlo empecé a mojarme. Me subí la falda y metí la mano entre las piernas. Llevaba tanga, pero estaba húmeda y pegada a la piel. Me aparté la tela a un lado y empecé a frotarme el clítoris con dos dedos, despacio al principio, como si quisiera engañarme, aunque ya estaba respirando fuerte.
No me excita escribirlo, me excita haberlo vivido.
Mis dedos resbalaron mejor en cuanto me abrí los labios. Sentí el calor, la hinchazón, esa humedad espesa que se me pone cuando un recuerdo me toca donde debe. Metí un dedo, luego dos. Uno no bastó. Nunca basta cuando me acuerdo en serio. Me los hundí y empecé a follarme la mano contra el borde del lavabo, empujando la cadera hacia delante mientras la otra mano seguía en mi clítoris.
Me corrí callada, con la boca abierta y la frente casi pegada al espejo. El orgasmo me subió rápido, seco al principio y después más largo, con el coño contrayéndose alrededor de mis dedos. Cuando terminé, los saqué despacio. Los olí. Me los llevé a la boca y saboreé mi propia humedad con una vergüenza que ya no era vergüenza, sino puro morbo.
Me acomodé la ropa y salí del baño.
Él seguía en la mesa, esperándome. Apenas me vio, supo que ya no estaba furiosa.
—Antes de que vuelvas a gritarme, escúchame —dijo con calma—. Después dices todo lo que quieras.
Me quedé de pie frente a él, cruzada de brazos, aunque por dentro seguía temblando.
—Habla.
—Encontré una página donde la gente cuenta sus experiencias, algunas anónimas, otras medio disfrazadas. Y me di cuenta de que necesito hablar de lo que hemos hecho. No con amigos, no con gente cercana. Con desconocidos. Sin nombres, sin lugares reales, sin nada que nos delate.
Hizo una pausa y sonrió de lado.
—Aunque, siendo honestos, la vecina seguramente ya sospecha bastante.
Me reí pese a mí misma. Esa risa me aflojó el cuerpo y también me devolvió el calor entre las piernas.
—Tal vez mi reacción fue exagerada —admití—. Acabo de tener un orgasmo en el baño solo por acordarme de algunas cosas.
Él alzó las cejas. Yo acerqué la mano a su cara y se la puse bajo la nariz. Quería que oliera mis dedos, quería ver el efecto inmediato en su cuerpo. No me decepcionó. Cerró los ojos un segundo y aspiró hondo, como si mi olor lo emborrachara.
—Joder —murmuró.
Me puse a su lado y apoyé una pierna sobre la suya. Empecé a rozarle la entrepierna con la rodilla. Llevaba pantalón ligero y no tardé nada en notar cómo se endurecía.
—¿En qué estabas pensando? —me preguntó, ya con la voz más grave.
Sus manos me agarraron por los muslos y enseguida se colaron bajo la falda para apretarme las nalgas.
—En varios —le dije—. En Darío. En Mauro. En los del hotel.
—¿Mauro? —preguntó, interrumpiéndome—. Pensé que lo habías terminado odiando.
—La última vez, sí. Pero antes me folló como pocos. No voy a mentir ahora.
Noté cómo sus dedos encontraban el borde de mi tanga y la apartaban. Cuando me tocó directamente, yo ya estaba húmeda otra vez.
—¿Y los del hotel? —insistió.
Me metió un dedo y lo movió dentro de mí con esa precisión suya que siempre me desarma.
—Ellos también —contesté, mordiéndome el labio—. Sobre todo ellos.
Su segundo dedo entró sin resistencia. Empezó a abrirme y cerrarme por dentro mientras el pulgar me rozaba el clítoris.
—Cuéntamelo.
—No si vas a tocarme así y esperas que hable normal.
—Precisamente por eso.
Me levantó de golpe y me sentó sobre la mesa. El golpe de mis muslos contra la madera me arrancó un jadeo. Él se colocó entre mis piernas, me subió la falda hasta la cintura y me dejó la tanga enredada en un tobillo. Luego abrió el pantalón y sacó la polla, ya dura, gruesa, brillante en la punta.
—Empieza —dijo.
Me agarró de las caderas y me la metió de una sola vez. Entró hondo, con un empuje seco que me obligó a echar la cabeza atrás. Yo ya estaba muy mojada, pero aun así sentí ese estiramiento que me hace abrir la boca y jadear como una puta feliz.
—Joder… —solté.
—Eso. Así te quiero oír. Ahora dime a quién recordaste mientras te corrías en el baño.
Empezó a embestirme de pie, fuerte y parejo, moviendo la mesa en cada golpe. La madera crujía, mis nalgas se deslizaban, y su pelvis me golpeaba el coño con ese sonido húmedo que a los dos nos prende tanto. Yo me agarré del borde para no irme hacia atrás.
—A Darío —dije entre jadeos—. Porque fue el primero que me hizo sentir de verdad abierta… demasiado llena.
—¿Te gustó que te abriera así?
—Sí.
Me clavó otra embestida, más honda.
—Dilo bien.
—Sí, me encantó. Me encantó sentir esa verga enorme empujando hasta adentro mientras tú mirabas.
Sus ojos se encendieron. Siguió follándome sin bajar el ritmo.
—Eso quería escuchar.
Yo también quería hablar, porque decirlo en voz alta me estaba calentando más de lo que esperaba. Él no solo quería relatos; quería mi verdad sucia, sin adornos.
—La primera vez pensé que no iba a entrar —seguí—. Me tenía de rodillas en la cama, con la punta en la boca, y ya con solo chuparla sentía la mandíbula cansada. Cuando me puso boca arriba y me abrió las piernas, lo miré y casi me arrepiento. Pero tú estabas al lado, tocándome las tetas, besándome el cuello, diciéndome que respirara.
Su mano subió a mi pecho y me apretó un pezón por encima de la blusa.
—Lo recuerdo.
—Claro que lo recuerdas. Fuiste tú quien me sostuvo las piernas mientras él me metía la polla despacio. Primero la cabeza, después un poco más, y yo diciendo que no podía, que me partía. Pero estaba tan mojada, tan caliente, que al final mi cuerpo cedió. Sentía que me abría por dentro y, aun así, quería más.
Mi marido me miraba como si estuviera viendo la escena de nuevo en su cabeza. Eso me excitó todavía más.
—Y cuando por fin la tuve toda dentro —seguí—, me di cuenta de que me encantaba estar así de llena. Quise moverme yo sola encima de él. Quise sentir cada centímetro.
Él me sacó casi por completo y me la volvió a meter hasta el fondo. Gemí tan alto que ni me importó si algún vecino oía.
—¿Así de llena? —preguntó.
—Así… así mismo. No pares.
Me folló más rápido. Cada vez que entraba, el glande me rozaba un punto que me hacía apretar el vientre. Yo tenía las piernas abiertas, los muslos tensos, la falda hecha un desastre y la blusa subida porque él me había sacado un pecho para chuparme el pezón entre embestida y embestida.
—¿Y Mauro? —preguntó, soltando el pezón con un hilo de saliva brillante.
—Mauro me besaba como si fuera a comerme viva.
—¿Te gustaba más su boca o su polla?
—Su boca. Y eso ya es decir mucho.
Me reí sin aire y luego me llevé un gemido a la garganta cuando él cambió el ángulo y empezó a golpearme justo donde más me gusta. Me agarró una nalga con fuerza y me acercó más al borde de la mesa.
—Cuéntamelo.
—Me tenía apoyada contra una pared, ¿te acuerdas? Tú estabas sentado mirando. Él no se lanzó a follarme de inmediato. Primero me besó. Metía la lengua como si quisiera sacarme todo el aliento y, al mismo tiempo, me tenía una mano entre las piernas. Encontró mi clítoris enseguida. Lo rozaba, lo apretaba, se apartaba, volvía. Yo estaba desesperada.
Mi marido bajó la mano y empezó a frotarme el clítoris mientras me penetraba. Casi me dobló con eso.
—¿Así?
—Sí… sí… así. Exactamente así.
—Sigue.
—Después se arrodilló. Me abrió bien con los dedos y metió la lengua, primero despacio, luego como un animal. Chupaba, lamía, me metía dos dedos, los sacaba, volvía a meterlos. Yo no podía quedarme quieta. Me corrí empujándole la cara sin darme cuenta. Y cuando sentí que salía tanto líquido, me asusté. Pensé que me había meado encima de él.
Él soltó una carcajada ronca sin dejar de follarme.
—Cómo olvidarlo. Te pusiste roja y le pedías perdón mientras seguías corriéndote.
—Porque no sabía lo que me estaba pasando.
—Y él se lo bebió todo encantado.
Sentí un latigazo en el vientre solo con oírlo. Mis manos bajaron a su cintura y lo atraje más hacia mí.
—Sí —admití—. Y me hizo correrme otra vez solo por oírlo decir que quería más.
Ya estaba muy cerca del orgasmo. Se notaba en cómo me temblaban las piernas y en la forma en que mi coño se cerraba alrededor de su polla. Él también lo sintió.
—Todavía no te corras —me ordenó—. Quiero oír lo del hotel.
—Eres un cabrón.
—Y tú una exhibicionista cuando te acuerdas.
Le sostuve la mirada. Tenía razón. Que él me oyera describir a otros hombres mientras me follaba me encendía de una manera difícil de explicar.
—Fue en el viaje al Caribe —dije, respirando entrecortado—. Los conocimos en el bar de la piscina. Cuatro hombres, todos adultos, todos descarados, todos mirándome las piernas como si ya me hubieran desnudado. Tú lo notaste antes que yo.
—Claro que lo noté.
—Subimos a la habitación de ellos después de medianoche. Tú me besaste en la puerta y me dijiste que harías lo que habíamos pactado, que me dejarías sola con ellos para que no se sintieran observados. Yo me quedé temblando apenas entraste y cerraste. Ellos me rodearon enseguida.
Su mano me agarró del cuello, no para apretar fuerte sino para marcar posesión. Me besó con hambre y luego me soltó.
—¿Qué hicieron primero?
—Me desnudaron. Entre los cuatro. Uno bajó los tirantes del vestido, otro me abrió el cierre, otro me besaba el hombro y otro ya me estaba metiendo dos dedos en la boca para que los chupara. No fue tierno. Fue directo. Y me encantó.
Mi marido gruñó de puro morbo y aumentó el ritmo.
—Sigue.
—Me pusieron de rodillas. Uno me agarró del pelo y me acercó su polla a la cara. Yo la saqué con la lengua, la chupé despacio, lo justo para oírlo gemir. Mientras tanto, otro me metía los dedos en el coño desde atrás. Un tercero me abría las nalgas y me escupía en el culo para prepararme. El cuarto me acariciaba las tetas y me pellizcaba los pezones. No tenía una sola parte del cuerpo libre.
Él dejó escapar un «mierda» entre dientes.
—Eso es lo que recordabas en el baño, ¿verdad?
—Sí. Recordaba lo llena que me sentí. Lo puta que me sentí. Y lo mucho que me gustó.
Me la sacó de golpe. Antes de que pudiera protestar, me giró sobre la mesa y me dejó inclinada, con el pecho apoyado y el culo levantado. Apartó más la falda y me abrió las nalgas con las manos.
—Sigue hablando o no te la vuelvo a meter.
Solté una risa ahogada.
—Mentiroso. No aguantarías.
Me dio una palmada seca en la nalga.
—Habla.
—Uno me folló la boca hasta hacerme lagrimear. Otro me metió la polla en el coño mientras todavía tenía la boca llena. Y cuando ya estaba bien abierta y perdida, sentí la punta del tercero empujando mi culo. Despacio al principio. Dolió, sí. Pero más me excitó. Porque me estaban usando entera.
Él me penetró otra vez desde atrás con una sola embestida, dura, hasta el fondo. Grité sin disimulo.
—Joder, así —dije.
—¿Así te la metió el del culo?
—Más despacio al principio. Pero después sí. Más fuerte. Más hondo. Y yo ya ni sabía a cuál de ellos agarrarme.
Comenzó a follarme con un ritmo brutal, golpeando mis nalgas con la pelvis y apretándome una cadera con tanta fuerza que sabía que al día siguiente tendría marcas. La mesa chirriaba contra el suelo. Yo tenía la cara de lado, la mejilla pegada a la madera, y hablaba entre gemidos y sacudidas.
—Tenía una polla en la boca, otra en el coño, otra en el culo… y uno más haciéndome masturbarlo con las manos. Eso era. Todo mi cuerpo ocupado. Ni un solo hueco libre. Y yo feliz, gimiendo como una zorra.
—Eso eres cuando te sueltas.
—Sí. Tu zorra.
Su mano se deslizó entre mis piernas y volvió a mi clítoris. El orgasmo me pegó tan rápido que apenas tuve tiempo de avisar.
—Me corro… me corro…
Me corrí con un espasmo fuerte, apretándole la polla con todo el coño mientras me temblaban las piernas. Él no paró. Siguió embistiéndome a través de mi orgasmo, aprovechando cada contracción para hundirse más. Yo soltaba gemidos rotos, medio palabras, nada ordenado.
—No pares… no pares… joder…
—Todavía no termino contigo.
Me folló unos segundos más y luego salió. Me dio la vuelta otra vez y me dejó sentada al borde de la mesa, abierta, jadeante. Se arrodilló entre mis piernas sin importarle el desorden, mi humedad corriéndome por los muslos ni la mezcla de fluidos que ya me manchaba la piel.
—Ahora quiero probarte mientras me sigues contando.
Me agarró por debajo de los muslos y me acercó a su cara. Su lengua tocó primero la entrada de mi coño, recogiendo lo que escurría, y después subió al clítoris. El primer lametón me hizo arquearme.
—Mierda…
Él sabía exactamente cómo hacerlo: lengua plana, luego punta precisa, luego succión corta. Metió la lengua dentro, sacó, volvió a subir y me abrió con dos dedos mientras seguía chupándome. Yo apenas podía pensar.
—Lo del restaurante —murmuró contra mi piel—. Cuéntamelo.
—No puedo hablar si sigues así.
Me chupó más fuerte en respuesta. Yo me agarré del borde de la mesa y abrí más las piernas.
—Sí puedes.
—Fue… fue después del mediodía. Había coqueteado con un camarero toda la semana y lo sabía. Me hizo pasar por una puerta lateral con la excusa de enseñarme la cocina. Y apenas entramos, me arrinconó contra una cámara frigorífica y me besó como si llevara días pensando en meterme mano.
La lengua de mi marido se hundió dentro de mí al oír eso. Gemí y seguí, a trozos.
—No estaba solo. Había cocineros, ayudantes, dos camareros más… incluso una chica del servicio que no dejó de mirarme las tetas mientras me abrían la blusa. Yo debería haberme asustado. En cambio, me mojé más.
Sus dedos se movieron dentro de mí con un ritmo rápido, curvándose hacia arriba. Yo ya estaba al borde otra vez.
—Me subieron sobre una mesa de acero. Uno me chupaba un pezón, otro me besaba la boca, otro me abría las piernas. Sentía manos por todas partes. Dedos en mi coño. Una lengua en mi cuello. Alguien apretándome el culo. Y cuando me corrieron la tanga a un lado, el primero en follarme ni siquiera me preguntó si estaba lista. Lo supo por lo empapada que estaba.
Mi marido levantó la cara un segundo. Tenía la boca brillante.
—¿Y lo estabas?
—Más que lista. Quería que me usaran ahí mismo.
Volvió a hundir la cara entre mis piernas y esta vez me chupó como si quisiera hacerme perder el sentido. Sentí el orgasmo acercarse de nuevo, más violento todavía por la sobreexcitación.
—El camarero me la metía mientras un cocinero me hacía tragarle la polla —seguí—. Y cuando terminó uno, venía otro. No llevé la cuenta. Solo recuerdo el acero frío en la espalda, el calor de sus cuerpos, y lo mojada que estaba la mesa debajo de mí.
Me corrí con su boca pegada a mi clítoris. El segundo orgasmo me sacudió entero el cuerpo. Cerré las piernas por reflejo y él tuvo que sujetármelas abiertas para seguir lamiéndome mientras temblaba y gemía sin control. Cuando aflojó al fin, subió besando mi vientre, mi pecho, mi cuello.
Nos besamos con hambre. Tenía en la boca mi sabor y el de su deseo. Yo le pasé la mano por el torso hasta volver a su polla, que seguía durísima.
—Todavía no te has corrido —le dije.
—Me estaba guardando para el final.
Lo empujé hacia la silla y lo senté. Después me arrodillé entre sus piernas. Me gustaba verlo así: despeinado, excitado, mirándome como si yo fuera el centro de todas sus fantasías. Le agarré la polla con una mano y pasé la lengua por la punta, saboreando el líquido transparente que soltaba.
—Si vamos a contar nuestras historias, yo también pongo condiciones —dije antes de metérmela en la boca.
Lo escuché reír por la nariz, tenso.
—Las que quieras.
Lo chupé despacio al principio, hundiéndomela hasta donde podía, sacándola luego para masturbarlo con la mano mojada. Mi lengua recorría la vena inferior mientras mis labios apretaban. Él me sostuvo el pelo hacia atrás.
—La cuenta será de los dos —seguí, apartando la boca un momento—. Los dos escribimos. Los dos leemos. Los dos corregimos.
—De acuerdo.
Volví a meterla. Esta vez más hondo. Me tomó la cabeza y empujó con cuidado, marcando el ritmo. Yo lo dejé hacer, tragando lo que podía, jugando con la garganta hasta que me ardieron los ojos.
—Nada de nombres reales —dije al sacarla—. Nada de lugares exactos. Nada que nos delate.
—Sí.
Le lamí los huevos, luego subí otra vez y lo chupé más rápido. La respiración se le volvió entrecortada. Le temblaban los muslos.
—Y si cuentas una escena donde yo estuve, yo decido qué dejas y qué quitas.
—Lo acepto todo —dijo—. Pero no pares.
Sonreí y seguí mamándosela con ganas. Quería hacerlo correrse en mi boca, quería sentir ese momento en que ya no puede disimular nada. Apreté la base con una mano y con la otra le acaricié el abdomen mientras subía y bajaba la cabeza.
—Eso… así… —jadeó.
Lo saqué de mi boca y me incorporé. Sin dejar de masturbarlo, me monté encima de él, guiando su polla hasta mi entrada. Bajé despacio y lo sentí entrar otra vez, todavía duro, todavía caliente. Nos miramos fijo.
—La última condición —le dije— es que si escribir estas historias nos pone tan calientes como hoy, vamos a terminar follando cada vez que publiquemos una.
—Esa es la mejor condición de todas.
Empecé a moverme sobre él. Arriba y abajo primero, sintiendo cómo me llenaba, cómo me rozaba por dentro todavía sensible por los orgasmos anteriores. Luego encontré un ritmo más corto, frotando mi clítoris contra su pubis, usando sus hombros para impulsarme.
Él me agarró de la cintura y me ayudó a rebotar. Cada subida me dejaba casi vacía. Cada bajada me clavaba de nuevo hasta el fondo. Yo ya no hablaba; gemía. Él tampoco decía mucho más que mi nombre falso, ese que usábamos a veces en nuestros juegos, como si así pudiera separar la mujer de diario de la mujer que se abría para él y para sus fantasías.
—Me voy a correr —me avisó.
—Yo también. No me sueltes.
Me apretó más fuerte y empezó a embestir desde abajo, buscando su propio ritmo dentro del mío. Lo sentí crecerse un poco más, endurecerse al límite. Yo bajé la mano entre nuestros cuerpos y me froté el clítoris con movimientos rápidos.
—Mírame —me pidió.
Lo hice. Y me corrí viéndole la cara. Mi orgasmo me partió en dos, me dejó tensa sobre él, apretándolo con todo el cuerpo. Apenas unos segundos después, él soltó un gemido grave y se corrió dentro de mí, llenándome con pulsos calientes mientras me seguía sujetando por la cintura.
Nos quedamos así, quietos, respirando fuerte. Su polla siguió latiendo dentro de mí un rato, y yo disfruté la sensación de estar llena, de sentir cómo parte de su semen empezaba a escaparse lentamente entre mis muslos.
Él besó mi cuello.
—Entonces lo haremos.
Le pasé los dedos por la mandíbula y luego se los llevé a la boca para que saboreara un poco de la mezcla que corría entre mis piernas. Los chupó sin apartar los ojos de los míos.
—Sí —dije—. Vamos a contar nuestras aventuras. Pero las contaremos a nuestra manera. Sin vergüenza, sin mentiras, y sabiendo que recordar todo esto me pone tan caliente como vivirlo.
Me levanté de su regazo con cuidado. Un hilo espeso cayó por mi muslo y él lo siguió con la mirada, fascinado. Yo sonreí. Si aquello era apenas el comienzo, ya sabía que cada recuerdo iba a acabar igual: conmigo mojada, con él duro, y los dos deseando desempolvar el siguiente secreto.
Así fue como empezó todo. No con una gran decisión solemne, sino con una discusión, una masturbación en el baño, una follada sobre la mesa y la certeza de que nuestra memoria era, también, una forma de vicio. Y si alguien al otro lado iba a leerlo y correrse imaginándome, la verdad era que esa idea ya empezaba a excitarme tanto como las historias mismas.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Microcentro, con fotos reales.