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Relatos Ardientes

El trío con el italiano en la boda

La primera vez que vi a mi mujer follar con otro hombre fue en la habitación de un hotel, después de una boda, con las copas todavía calientes en la sangre y una excitación que llevaba años escondida bajo nuestra vida correcta.

No fue un accidente. Tampoco una locura improvisada. Si soy honesto, aquella noche solo terminó de abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo entreabierta entre nosotros.

Nosotros éramos una pareja estable, cómoda, de esas que desde fuera parecen completas. Buen trabajo, fines de semana tranquilos, vacaciones planeadas, sexo frecuente pero previsible. Nos deseábamos, sí, pero siempre dentro del mismo guion. Cama, besos, caricias, la postura de siempre, el orgasmo de siempre, el silencio de después.

Lo que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta era que ambos queríamos más.

Yo me excitaba viendo cómo otros hombres miraban a Mara en la playa, en la piscina, en cualquier sitio donde ella enseñara piernas, espalda o el escote suficiente para atraer ojos ajenos. Ella lo sabía. A veces hasta lo provocaba. Me preguntaba si aquel bikini le quedaba demasiado pequeño, si no era excesivo el vestido, si me molestaba que la miraran. Nunca me molestó. Al contrario.

Y ella, aunque tardó más en admitirlo, también cargaba con fantasías propias. Quería sentirse observada, deseada por más de un hombre, convertida por una noche en el centro exacto del hambre de los demás. No lo habíamos hablado del todo. Apenas insinuaciones, medias frases, juegos tímidos en la cama. Pero estaba ahí.

La boda nos dio el escenario perfecto.

Nos invitaron unos amigos a casarse en otra ciudad y, como parte del plan, nos reservaron habitación en el mismo hotel donde se hacía todo: ceremonia, cena y fiesta. Llegamos por la tarde, dejamos las maletas y bajamos al salón. En nuestra mesa habían sentado a un hombre solo, moreno, bien vestido, con barba corta, hombros anchos y esa seguridad tranquila de quien sabe que llama la atención sin tener que pedirla.

Se presentó como Luca. No era italiano de postal ni un caricaturesco seductor de sonrisa forzada. Hablaba un español casi perfecto, con un acento suave que hacía más sucia cualquier frase inocente. Desde el primer brindis noté que me estudiaba a mí y, sobre todo, a Mara.

Ella llevaba un vestido oscuro ajustado a la cintura y con la espalda casi descubierta. No era escandaloso, pero sí lo bastante ceñido para que se adivinaran las curvas de su culo cada vez que se movía en la silla. Cuando él se inclinó para comentar algo sobre el vino, su mano quedó demasiado tiempo cerca del muslo de ella. Lo vi. También vi que Mara no se apartó.

Más tarde, mientras servían el segundo plato, ella me buscó la mano bajo la mesa y me apretó los dedos.

—Lo está haciendo a propósito —murmuró sin mirarme.

—¿Te molesta?

Su respuesta tardó apenas un segundo.

—No.

Esa sola palabra me puso duro dentro del pantalón.

En la fiesta seguimos los tres casi por inercia. Bailamos, bebimos más de la cuenta y nos alejamos del resto de invitados sin hablarlo abiertamente. Luca tenía esa manera hábil de llevar la conversación hacia el sexo sin parecer obvio. No presumía. No recitaba cosas para impresionar. Solo dejaba caer experiencias, preguntas, pequeños comentarios que nos obligaban a revelar más de lo que habíamos planeado.

Nos preguntó si éramos celosos. Si alguna vez habíamos fantaseado con otra persona en la cama. Si nos excitaba que nos miraran. Mara se reía al responder, pero cada respuesta suya era un paso más allá. Yo la oía y me sorprendía descubrir cuánto había guardado dentro.

—Me gusta sentirme deseada —admitió ella, ya con la voz más grave por el alcohol y la tensión.

—Eso se nota —dijo él, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

No hubo escándalo ni dramatismo. Solo una cadena de decisiones pequeñas. Otra copa. Un baile más pegado. Un silencio largo en el ascensor. Y luego Mara, de pie entre los dos en el pasillo del hotel, sacando la tarjeta de nuestra habitación y diciendo lo único que faltaba por decir.

—Podemos seguir hablando arriba, si quieren.

Entramos los tres y cerré la puerta con una sensación mezcla de vértigo y deseo bruto. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la lámpara de la mesita y la luz débil que entraba de la ciudad. Mara se quitó los zapatos y caminó descalza hasta el borde de la cama. Yo me serví un poco de agua para hacer algo con las manos. Luca se quedó mirándonos con calma, como si supiera que el primer movimiento tenía que ser nuestro.

—Todavía podemos dejarlo aquí —dije, más por necesidad de escucharla que por duda real.

Mara giró la cabeza hacia mí. Tenía las mejillas encendidas y los pezones marcados bajo la tela del vestido.

—No quiero dejarlo aquí.

Luego miró a Luca.

—Pero nada de juegos raros ni cosas que no diga yo.

—Lo que tú quieras —respondió él—. Y solo lo que tú quieras.

Ese acuerdo simple bastó.

Me acerqué a ella primero y la besé. Un beso de matrimonio, reconocible, pero ya contaminado por la presencia del otro hombre frente a nosotros. Noté cómo Mara me devolvía la boca con más hambre de la normal. Sus manos se hundieron en mi nuca, y cuando separé apenas los labios, vi que tenía los ojos clavados en Luca.

Él se aproximó despacio, le acarició un hombro desnudo y después la espalda baja. Nada más. Ese roce ajeno bastó para que mi mujer soltara un gemido corto contra mi boca.

—Quítame el vestido —pidió ella.

No dijo a cuál de los dos.

Entre ambos bajamos la cremallera. La tela cedió y cayó a sus pies. Debajo llevaba un conjunto sencillo, negro, sujetador y tanga, nada especial. Aun así, verla medio desnuda frente a otro hombre me golpeó con una fuerza que no esperaba. No era solo lujuria. Había algo humillante, excitante y peligroso en ofrecer con la mirada lo que hasta ese momento solo era mío.

Luca la recorrió con los ojos sin disimulo.

—Eres preciosa —dijo.

Mara sonrió, nerviosa, y me besó otra vez. Pero esta vez fue ella quien me separó, tomó la mano de Luca y la llevó a una de sus tetas por encima del sujetador. Él la apretó despacio, tanteando, y ella echó la cabeza hacia atrás. Yo la sujeté por la cintura mientras él le bajaba un tirante con la yema de los dedos.

—Quiero verte —dijo él.

Ella asintió.

Le desabroché el sujetador desde atrás y se lo quité. Sus tetas cayeron libres, pesadas y firmes, con los pezones ya duros. Luca no se abalanzó. Primero las miró. Luego las tocó con las palmas abiertas. Después inclinó la cabeza y atrapó un pezón con la boca, chupándolo lento mientras amasaba el otro con la mano.

Mara se agarró a mis hombros y se arqueó. Yo notaba su respiración acelerada contra mi cuello. Metí la mano dentro de su tanga y la encontré mojada de inmediato. Muy mojada.

—Míralo —me susurró ella al oído—. Quiero que lo mires.

La obedecí. Vi cómo Luca le lamía la areola, cómo la mordía apenas, cómo ella jadeaba y abría los muslos buscando más. Metí dos dedos entre sus labios y ella empujó la cadera hacia mi mano.

—Así, joder... así —murmuró.

Luca me observó un segundo, como pidiéndome permiso sin palabras, y yo aparté la mano para dejarle sitio. Él se arrodilló frente a Mara, le besó el vientre, bajó el tanga por sus piernas y la dejó completamente desnuda. Mi mujer, que en nuestra cama siempre apagaba la luz o buscaba cubrirse al principio, estaba ahora abierta ante nosotros dos, con las piernas temblándole de pura excitación.

Él le separó los muslos con firmeza y hundió la cara entre ellos.

El primer lametazo la hizo soltar un sonido roto, casi un quejido. No era uno de esos gemidos contenidos que me regalaba por pudor. Era un gemido de mujer excitada de verdad, húmeda, vencida por la lengua de un desconocido. Luca le abrió el coño con los dedos y lamió de abajo arriba, lento, marcando el recorrido desde la entrada hasta el clítoris. Luego volvió a hacerlo. Y otra vez.

Mara me buscó a ciegas y me agarró la muñeca con fuerza.

—No dejes de mirarme —dijo jadeando.

No podía.

La vi temblar mientras él le metía la lengua, sacándola después para chuparle el clítoris con succión corta y precisa. La escuché decir su nombre antes de darse cuenta. Vi sus piernas abrirse más cuando él le metió un dedo. Luego dos. Los movía dentro de ella mientras seguía comiéndosela sin pausa, empapándose la boca con el deseo de mi mujer.

Yo ya me estaba masturbando por encima del pantalón. No lo decidí; simplemente ocurrió. Mara lo vio y sonrió entre jadeos.

—Sácatela —ordenó.

Me desabroché el pantalón y liberé la polla. Estaba dura, tensa, latiéndome en la mano. Seguí pajeándome mientras observaba cómo otro hombre devoraba a mi esposa delante de mí. La escena me encendía de una forma sucia que jamás había experimentado. No era solo verla disfrutar. Era saber que ella disfrutaba así porque yo estaba ahí, porque yo lo consentía, porque aquello estaba pasando delante de mis ojos.

Luca se levantó con la boca brillante. Se quitó la camisa, luego el pantalón y al final la ropa interior. Su polla cayó pesada y completamente dura contra el vientre. Mara la miró con una mezcla de sobresalto y hambre.

—Mierda —susurró, sin poder evitar una risa nerviosa.

Él se acercó y le puso el glande en los labios.

—Abre la boca.

Mara lo hizo. Lo tomó despacio al principio, probándolo, mojándolo con saliva antes de hundirlo un poco más. La mano de Luca se perdió en su pelo, no para forzarla, sino para marcar el ritmo. Yo me acerqué por detrás y le acaricié los hombros mientras ella mamaba. Ver su boca ocupada por otra polla me puso al límite.

Succionaba con ganas, levantando los ojos de vez en cuando para mirarme. Era una mirada brutal, descarada, casi obscena. Como si quisiera enseñarme lo lejos que estaba dispuesta a llegar esa noche. Luca soltó un gemido bajo y le rozó la mejilla con el pulgar.

—Buena chica —murmuró.

Ella apretó más los labios alrededor del glande y tragó saliva antes de volver a bajar.

Yo no aguanté más. Me coloqué a su lado y le acerqué mi polla a la cara. Mara la entendió al instante. Sin dejar del todo la de Luca, sacó la lengua y me lamió la punta. Esa visión casi me vació. Ella alternaba entre una y otra, chupando primero a uno, luego al otro, con la respiración ya desordenada y el rimel apenas corrido bajo los ojos. Nunca la había visto tan puta, tan libre, tan entregada.

—Ponla en la cama —dije con la voz ronca.

Luca obedeció. La hizo inclinarse sobre el colchón, de rodillas, con el culo levantado. La postura le abría las nalgas y dejaba su coño hinchado, brillante, palpitando de ganas. Él escupió en los dedos y se los pasó despacio por el coño y luego por el culo, apenas rodeándolo. Mara se estremeció entera.

—Tranquila —le dijo—. Solo quiero tocarte.

Le masajeó el agujero con la yema del dedo mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris. Después le metió un dedo en el coño y siguió rozándole el culo por fuera. Mi mujer soltó un gemido grave, sorprendido, y empujó hacia atrás. No protestó. Al contrario. Quería más.

Él la sujetó por las caderas y colocó la polla en su entrada. El glande se perdió entre sus labios mojados y luego empujó lentamente, abriéndola, llenándola palmo a palmo. Mara apretó las sábanas.

—Joder... sí... sí... —fue diciendo a medida que la penetraba.

Cuando entró entero, ella soltó un grito breve y yo sentí un golpe seco en el pecho. Verla así, con la polla de otro enterrada hasta el fondo en su coño, me dejó sin aire. Luca esperó un segundo y empezó a moverse. Primero despacio, saliendo casi por completo antes de volver a entrar. Luego más firme. Luego con embestidas plenas que hacían chocar sus caderas contra las nalgas de ella.

El sonido húmedo empezó a llenar la habitación. Coño, piel, respiración, golpes de cama. Mara gemía sin disimulo, cada vez más alta. Yo me puse frente a ella para que me mirara y seguí masturbándome mientras la veía ser follada.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Sí —jadeó—. Me encanta. No pares de mirar.

Luca le dio una palmada seca en el culo. Nada violento, solo lo bastante fuerte para dejar la marca rosada de la mano. Después la penetró con más fuerza. Ella respondió echándose hacia atrás, ofreciéndose, buscando que se la metiera más hondo. Su coño estaba tan mojado que cada salida iba acompañada de un chasquido obsceno.

Me acerqué y le agarré la barbilla. Mara abrió la boca y la besé mientras él seguía follándola desde atrás. Notaba las sacudidas de su cuerpo transmitirse a mis labios. La lengua de mi mujer se enredaba con la mía al mismo tiempo que otra polla la partía por detrás. La sensación me volvió loco.

—Quiero chuparla —dije, sin saber de dónde salía la frase hasta que ya la había dicho.

Luca aminoró un poco, me miró, y asintió. Sacó la polla de Mara y se colocó de manera que pudiera acercarme. Yo me arrodillé frente a él. La tenía mojada con los fluidos de mi mujer. La agarré por la base y la pasé por mi lengua. El sabor de ella mezclado con él me disparó una descarga brutal por la espalda.

Mara soltó un gemido aún más fuerte al verme.

—Joder... míralos... —decía casi para sí misma.

Tomé la punta en la boca y chupé. No tenía experiencia, pero el morbo podía más que la vergüenza. Luca me sujetó la nuca con calma, guiando sin brusquedad, mientras yo mamaba la polla que acababa de sacar del coño de mi esposa. Levanté la vista y vi a Mara masturbándose el clítoris mientras nos observaba. Tenía la cara encendida y una expresión de puro vicio.

—Ven aquí —ordenó ella.

Nos movimos los tres otra vez. Se tumbó boca arriba y abrió las piernas. Yo me coloqué sobre su pecho, ofreciéndole mi polla. Ella la agarró enseguida y empezó a chupármela con hambre, mientras Luca se arrodillaba entre sus piernas y volvía a metérsela. Esta vez la penetró de frente, mirándola a la cara. Mara tenía una polla en la boca y otra entrando y saliendo de su coño. Sus ojos se humedecieron, no de tristeza sino de exceso, de placer demasiado grande.

Le agarré el pelo y empecé a follarle la boca con cuidado, empujando cuando ella retrocedía, dejándola tomar aire, volviendo a entrar. Ella tragaba saliva y me recibía otra vez, gimiendo alrededor de mi polla cada vez que Luca le clavaba una embestida más profunda.

—Así, así, no pares —decía él entre dientes, hundiéndose hasta el fondo.

Yo veía cómo su polla desaparecía por completo dentro del coño de Mara, cómo salía brillante, cómo volvía a enterrarse. Ella me chupaba los huevos, me lamía el tronco y luego volvía a tragarse la punta mientras su cuerpo se sacudía bajo el peso del otro hombre.

La mezcla fue demasiado. Empecé a corrérmele en la boca con sacudidas fuertes. Mara lo notó y, en lugar de apartarse, apretó los labios y siguió chupando mientras me vaciaba. Parte me la tragó. Parte le cayó por la barbilla y sobre los pechos desnudos. Yo quedé temblando, casi mareado, y me aparté lo justo para ver el resto.

Luca no dejó de follarla. Al contrario. Verme correrme pareció encenderlo aún más. Se inclinó y lamió la corrida que había quedado sobre una teta de Mara antes de volver a besarla. Luego le llevó una mano entre las piernas y le frotó el clítoris con movimientos rápidos mientras la penetraba sin aflojar.

—Córrete para mí —le dijo—. Córrete ahora.

Mara gritó. No hay otra palabra. Gritó de verdad, arqueándose, cerrando las piernas sobre la cintura de él, apretándolo dentro mientras el orgasmo le atravesaba el cuerpo. Su coño contrajo la polla de Luca una y otra vez. Yo lo vi, vi cómo la hacía temblar, cómo ella perdió completamente la compostura y empezó a decir incoherencias, súplicas, frases cortadas.

—Más... no saques... joder... sí... así...

Él siguió unos segundos más, con la respiración rota, y se corrió dentro de ella con un gemido ronco, enterrándose hasta el fondo. Mara lo abrazó con piernas y brazos, reteniéndolo mientras recibía la corrida. Aquella imagen quedó clavada en mí: mi mujer abierta, sudada, con semen sobre el pecho y otra corrida llenándole el coño.

Creí que ahí terminaría todo.

No terminó.

***

Debimos quedarnos dormidos un rato. Lo sé porque recuerdo la oscuridad más cerrada, el zumbido del aire acondicionado y el peso cansado de mi cuerpo sobre el colchón. Me despertó un sonido húmedo, rítmico, y tardé unos segundos en entender qué estaba pasando.

Mara no estaba a mi lado.

Giré la cabeza y los vi en la alfombra, junto a la cama. Ella estaba de rodillas, completamente desnuda, chupándosela a Luca con una dedicación casi devota. Él le sostenía el pelo y la miraba desde arriba, con la polla ya brillante de saliva. No me habían despertado a propósito. Simplemente habían querido seguir.

Lo más fuerte no fue verlos otra vez. Fue descubrir que me excitaba incluso más que antes.

Mara levantó la vista, me vio despierto y no se detuvo. Solo me sonrió con la polla del otro aún en la boca. Luego la sacó y dijo con la voz rota:

—Ven.

Me acerqué desnudo, todavía medio aturdido. Ella me agarró la polla ya endurecida otra vez y empezó a pajearme mientras seguía arrodillada frente a Luca. Después nos alternó, chupándonos a los dos, jugando con la lengua, escupiendo en una mano para deslizarla mejor. El salón silencioso del hotel, la alfombra, la madrugada, todo le daba un aire más sucio, menos elegante, más animal.

Luca la levantó del suelo, la apoyó con las manos contra el borde de la cama y le abrió las piernas. Esta vez, antes de penetrarla, le metió dos dedos en el culo bien lubricado con saliva y con el resto de humedad que ya le corría entre los muslos. Mara soltó un gemido largo y echó el culo hacia atrás.

—¿Te gusta así? —preguntó él.

—Sí... pero fóllame ya.

La obedeció. Le metió la polla de nuevo en el coño de una sola embestida, seca, profunda, arrancándole un jadeo casi desesperado. Yo me coloqué delante de ella y le ofrecí mi polla. Mara la chupó mientras el otro la follaba por detrás con un ritmo más duro que antes. Cada golpe le hacía balancear la cabeza, y aun así no dejaba de mamármela.

Uno de mis huevos chocaba contra su barbilla, y la visión de su boca llena mientras otra polla la abría por detrás me dejó completamente perdido. Le acaricié la mejilla, luego apreté mis dedos en su pelo. Ella tragaba, tosía apenas, volvía a tomarme. Detrás, el sonido de las caderas de Luca azotando su culo se había vuelto rápido, brutal, húmedo.

Mara apartó la boca un segundo para decir:

—Quiero que me vea correrme otra vez.

Y se la volvió a tragar.

Yo me retiré para contemplarla. Ella seguía apoyada sobre el colchón, con la espalda arqueada y el culo recibiendo cada embestida. Una mano suya bajó entre las piernas y empezó a frotarse el clítoris sin vergüenza, con movimientos desesperados. Luca le agarró una teta desde atrás y se la apretó mientras la follaba.

Duró poco. Esta vez estaba demasiado sensible. Empezó a temblar, a apretar el coño alrededor de la polla del otro, y terminó corriéndose con gemidos rotos, manchando los muslos de flujo mientras se venía. Yo me masturbé mirándola y me corrí en el mismo instante, salpicándole el vientre y la mano con la que se estaba tocando.

Luca salió de ella y se vació sobre sus nalgas y la espalda baja, con chorros espesos que le resbalaron por la piel. Mara se quedó quieta unos segundos, respirando a tirones, con las dos corridas pegadas al cuerpo, una sobre el vientre y otra sobre el culo, como si quisiera retener físicamente todo lo que acababa de pasar.

Nadie dijo nada al volver a la cama.

Nos acostamos los tres desnudos, agotados y sudados. Mara se durmió enseguida, con una pierna encima de la mía y la mano sobre el pecho de Luca. Yo no pegué ojo en mucho rato. Miraba al techo y sentía al mismo tiempo satisfacción, vértigo y una punzada de miedo que no supe nombrar entonces.

Porque las fantasías son limpias cuando viven dentro de la cabeza. La realidad, en cambio, deja manchas.

***

Con los años entendí que aquella noche no destruyó nada por sí sola, pero sí reveló grietas que ya existían. Después vinieron más conversaciones, algunas excitantes, otras crueles. Intentamos repetir, intentamos prohibirnos repetir, intentamos fingir que todo podía volver a ser simple. No pudo.

Nuestro matrimonio aguantó un tiempo más y luego se rompió por varias razones, no solo por esa. Pero cuando pienso en el principio del final, siempre regreso a aquella habitación de hotel, a la luz tenue, a la boca de Mara abierta para otro hombre mientras me pedía que mirara.

No he vuelto a verla desde hace mucho. A veces me pregunto si para ella aquella noche fue una liberación o una condena. Para mí fue ambas cosas. Descubrí una parte de mi deseo que ya no pude negar nunca más.

Y, aunque me avergüence admitirlo, todavía me excita recordarla de rodillas, desnuda, sudando, con la polla del italiano entre los labios y los ojos puestos en mí, como si todo aquello hubiera ocurrido exactamente del modo en que llevaba años soñándolo.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona oeste, conocé chicas escort en Morón.

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Comentarios(5)

Nico_Tucuman

excelente!!!

KarlaS

wow que lectura, me atrapó desde el primer párrafo

Rodri_mdp

tremendo!!! sigan asi que esto es lo que queremos leer

JuanMa_BA

me dejo con ganas de más, espero la continuación. Muy bien escrito

SantiagoK_77

es una historia real? se lee muy verídico todo, como si lo hubieras vivido de verdad

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