Tríos en el club: la noche que no terminó
Salí de la bañera con la piel todavía caliente y la cabeza peor. Había intentado relajarme con vino blanco y música alta, pero lo único que conseguí fue excitarme más. Cada recuerdo de los últimos días me volvía al cuerpo como un golpe: unas manos grandes sujetándome, una polla llenándome hasta dejarme temblando, una sensación de haber probado algo demasiado intenso como para fingir después que no me había cambiado.
Me sequé despacio, con las piernas algo flojas, y me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas y los pezones duros antes siquiera de vestirme. Bajé una mano entre mis muslos y acaricié mi coño solo por fuera, notando lo húmeda que estaba con apenas pensar en él.
No quería masturbarme y quedarme sola con la calentura. Quería una polla de verdad. Quería una noche larga, sucia y sin remordimientos.
Tomé el teléfono y llamé a Damián. Contestó al segundo tono, como si ya me estuviera esperando.
—Hola —dije, intentando sonar tranquila—. Soy Alina. ¿Cuándo podríamos vernos?
Se rió al otro lado con una calma que me erizó la nuca.
—Esta noche. Te espero en la entrada de Vértigo, a las ocho.
—Ahí estaré.
Colgué y abrí el armario. Elegí una falda negra corta, un top ceñido sin sujetador y un abrigo de cuero que apenas tapaba nada. Debajo no me puse bragas. Fue una decisión consciente, un pequeño secreto que me acompañó hasta el taxi y me hizo cruzar las piernas durante todo el trayecto.
Cuando llegué al club aún faltaban unos minutos. La fila avanzaba lenta, entre perfume caro, humo frío y el pulso grave de la música filtrándose desde dentro. Los vi antes de que me vieran.
Damián venía sonriendo, alto, seguro de sí mismo, acompañado por otra pareja y una mujer. Todos parecían sacados de una campaña de moda: una morena de piel oscura y piernas larguísimas, una rubia serena con mirada afilada y un hombre enorme, de hombros anchos y boca insolente.
—Estás espectacular —me dijo Damián al besarme en la mejilla.
—Y tú vienes bien acompañado.
Él sonrió y fue presentándolos uno a uno. La morena se llamaba Nerea; la rubia, Vera; el grandote, Malik; y el último, un nórdico llamado Bruno que me estrechó la mano sin disimular que me estaba desnudando con los ojos.
Nerea me abrazó como si ya me conociera de antes. Tenía un perfume dulce y una forma de acercarse que convertía cualquier gesto en algo íntimo.
—Llevaba toda la tarde queriendo verte —me susurró.
Se me contrajeron las piernas.
Entramos al club y subimos a un reservado elevado sobre la pista. Desde arriba se veía el mar de cuerpos moviéndose bajo luces azules y rojas, y el bajo de la música parecía golpear directamente en el estómago. En la mesa ya había botellas, hielo y copas altas.
Brindamos por la noche, por el azar, por no hacer preguntas. Bebí rápido. No por nervios, sino para dejar de pensar demasiado.
Fue Nerea la primera en buscarme al bailar. Pegó su cuerpo al mío con descaro, rozando sus caderas contra las mías, y yo respondí sujetándola de la cintura. Sentí sus tetas firmes contra mi pecho y mi respiración cambió al instante. Detrás de mí apareció Malik, enorme y caliente, acercando la pelvis hasta dejarme sentir la dureza de su polla a través del pantalón.
—Joder —murmuré, girando la cara hacia Nerea—. Vienen con hambre.
Ella sonrió y me besó. No fue un beso tímido ni de tanteo. Me metió la lengua con confianza, húmeda, lenta, dominando el ritmo desde el principio. Mientras nuestras bocas se buscaban, una mano de Malik se coló por mi muslo, levantó la falda y encontró mi coño desnudo.
—No lleva nada —dijo él, ronco, divertido.
—Lo sabía —respondió Nerea, lamiéndome el labio inferior.
Los dedos de Malik se deslizaron entre mis labios empapados y soltó una risa corta al notar hasta qué punto estaba mojada. No me metió los dedos de golpe. Primero me acarició despacio, extendiendo mi humedad, apretando apenas el clítoris, haciéndome retorcer mientras seguíamos bailando como si nada.
—Mírala —dijo Bruno, acercándose con su copa—. Ya está chorreando.
El comentario, tan crudo, me puso peor. Separé la boca de Nerea para respirar y ella aprovechó para bajar a mi cuello, mordisqueándome suave mientras Malik al fin me hundía dos dedos dentro.
Gemí contra el hombro de ella. No pude evitarlo. Sentí la embestida de sus dedos largos, el ritmo calculado, la palma de su mano rozándome el clítoris con cada entrada.
—Eso, así —me dijo al oído—. Déjate usar.
Esas palabras me aflojaron por dentro. Me apoyé más en Nerea y abrí un poco más las piernas para él. Damián observaba desde un lado, bebiendo y sonriendo, como si quisiera alargar mi impaciencia antes de tocarme.
—No te quedes mirando —le dije—. Ven.
Él obedeció. Se puso frente a mí, me agarró la barbilla y me besó con hambre, invadiéndome la boca justo cuando Malik aceleró los dedos dentro de mi coño. Tenía tres cuerpos alrededor y cada uno me llevaba en una dirección distinta. Nerea me amasaba una teta por encima del top. Malik me follaba con la mano. Damián me comía la boca como si quisiera marcarme.
Acabé jadeando, con el cuerpo temblando en medio de la pista privada del reservado.
—Al sofá —ordenó Nerea.
Me llevó de la mano hasta el asiento curvo del fondo. Apenas me senté, ella se arrodilló entre mis piernas y me subió la falda hasta la cintura. Verla ahí, tan elegante y tan decidida, con la mirada clavada en mi coño desnudo, me dejó sin palabras.
—Qué bonita estás así —dijo antes de abrirme con los dedos.
Me lamió desde abajo hasta el clítoris con una lentitud obscena. No tenía ninguna prisa. Cada pasada de su lengua era larga, húmeda, insistente. Yo me agarré al respaldo del sofá mientras ella me comía con una dedicación casi cruel, alternando lamidas profundas con succiones exactas sobre el clítoris.
—Joder... sí... así...
Malik se plantó a mi lado y me sacó la polla. La tenía gruesa, larga, dura de verdad, de esas que intimidan antes de tocarte. Me la acercó a los labios y yo abrí la boca sin que me lo pidiera. El primer contacto fue pesado, caliente, demasiado ancho para recibirlo entera. Me llenó enseguida.
Nerea seguía con la cara enterrada entre mis piernas mientras yo intentaba tragarme la polla de Malik. Era una locura de sensaciones: la lengua en el coño, el clítoris chupado con hambre, y esa verga dura empujándome la garganta a cada movimiento de caderas.
No podía meterla toda. Me sujetó del pelo y me guió con paciencia brutal, dejándome coger apenas la cabeza, luego un poco más, luego hasta donde mi boca pudiera. Cada arcada me arrancaba un gemido que Nerea parecía aprovechar, porque justo entonces me metía dos dedos dentro y me revolvía el coño por completo.
Me corrí así, con la boca ocupada y las piernas temblando. No fue un orgasmo silencioso. Sacudí la cabeza, me aparté de la polla de Malik para respirar y solté un gemido abierto mientras me corría sobre la lengua de Nerea.
—Eso es —dijo ella, levantándose con la boca brillante—. Pero apenas estamos empezando.
***
Cuando me recuperé un poco, Malik me giró sobre el sofá y me dejó de espaldas, con las piernas abiertas. Se colocó entre mis muslos, agarró su polla con una mano y la frotó por mis labios empapados antes de empujar la punta dentro.
Entró despacio, pero su despacio ya era demasiado. Sentí cómo me abría centímetro a centímetro, obligándome a arquear la espalda y a sujetarme de los cojines para no apartarlo. Era grueso de verdad, de esos que hacen que el coño tarde unos segundos en aceptar lo que está pasando.
—Mírame —me dijo.
Lo hice. Y mientras lo miraba, me hundió más. La mitad. Un poco más. Hasta que solté un grito ahogado y noté que por fin estaba dentro casi entero.
—Joder, me vas a romper.
—Y te encanta.
Asentí, incapaz de mentir. Empezó con un vaivén lento, largo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, dejándome sentir cada pulgada. Cada embestida me llenaba por completo. Me notaba el coño tirante, apretado a su alrededor, tragándoselo con esfuerzo y placer al mismo tiempo.
Nerea se sentó a mi lado y me ofreció su coño con descaro, acercándolo a mi cara. Lo besé primero. Luego pasé la lengua por sus labios mojados y la sentí temblar. Mientras Malik seguía follándome, yo lamía a otra mujer, sujetándola por las caderas para hundir mejor la cara entre sus piernas.
Ella gemía arriba y yo abajo me ahogaba de gusto. Mi lengua encontraba su clítoris, lo rodeaba, lo chupaba, y sus jadeos se mezclaban con el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo de mi coño.
Malik cambió el ángulo, me levantó las piernas sobre sus hombros y me clavó una embestida tan honda que me hizo perder el hilo de todo. Nerea se corrió sobre mi boca justo entonces, tensando los muslos a ambos lados de mi cara, mientras él me daba otra, y otra, y otra vez igual de profundo.
—Fóllame —le dije cuando ella se apartó—. Fóllame fuerte de una vez.
Eso fue lo que hizo. Abandonó el ritmo lento y empezó a golpearme de verdad. El sofá crujía. Mis tetas saltaban fuera del top con cada embestida. Yo ya no gemía; gritaba. Sentía su polla golpeándome tan adentro que el placer rozaba el dolor, y precisamente por eso no podía parar.
Me corrí dos veces seguidas. La primera me arqueó la espalda. La segunda me dejó temblando, casi sin aire, mientras él seguía follándome sin compasión. Cuando por fin se tensó y me agarró fuerte de los muslos, supe lo que venía.
—Te voy a llenar.
—Sí. Córrete dentro.
Se enterró hasta el fondo y se corrió con espasmos largos, descargando dentro de mí mientras me apretaba contra el sofá. Sentí el calor de su corrida mezclándose con mis contracciones y cerré los ojos, agotada y satisfecha.
Alrededor, los demás aplaudieron y se rieron como si aquello hubiera sido un espectáculo privado. En cierto modo, lo había sido.
Damián me ofreció una copa y me ayudó a incorporarme. Yo seguía notando la corrida de Malik deslizándose despacio entre mis piernas.
—Te dije que esta noche sería buena —murmuró Damián.
—Todavía no termino contigo.
Su sonrisa se volvió más oscura.
***
Seguimos bebiendo, bailando y tocándonos hasta que el club empezó a vaciarse. Cerca de las dos, Damián propuso ir a su apartamento. Esta vez solo fuimos cuatro: él, Nerea, Bruno y yo. Malik y Vera se quedaron atrás, enredados entre ellos.
En el taxi, Nerea se puso de rodillas en el asiento y le abrió el pantalón a Damián como si fuera lo más natural del mundo. Sacó su polla y empezó a chupársela allí mismo, con una soltura obscena. Yo me besaba con él mientras ella le tragaba media verga y Bruno, sentado a mi lado, me apretaba una teta y me pellizcaba el pezón por debajo del top.
El conductor fingía mirar al frente, pero tenía el espejo acomodado para no perder detalle.
—Si seguimos así, no llegamos vivos —dije entre jadeos.
—Mejor —respondió Bruno, metiendo una mano bajo mi falda para encontrarme otra vez desnuda y mojada.
Entramos al apartamento casi tropezando de las ganas. Apenas se cerró la puerta, Bruno empujó a Nerea contra el sofá y se arrodilló para comerle el coño. Ella abrió las piernas sin vergüenza, agarrándole la cabeza y guiándolo mientras soltaba gemidos cada vez más altos.
Yo me puse de rodillas frente a Damián. Llevaba toda la noche queriendo su polla y por fin la tuve en la cara, dura y caliente, con un olor limpio y masculino que me hizo salivar. La chupé despacio al principio, recreándome con la lengua en el glande, bajando luego por el tronco y lamiéndole hasta los huevos antes de volver a subir.
Damián me sujetó del pelo y empezó a follarme la boca con ese ritmo que tanto me pone: firme, controlado, sin brusquedad gratuita, pero sin dejar dudas de quién manda. Yo abría más la garganta, tragándolo lo que podía, sintiendo cómo me humedecía la lengua y cómo cada embestida me llenaba más.
Se corrió rápido, quizá excitado por el taxi, por el club o por verme así. Me avisó con un gruñido y yo no me aparté. Le recibí la corrida en la boca, espesa y abundante, tragando casi todo mientras un hilo me resbalaba por la comisura hasta la barbilla.
Nerea soltó una carcajada jadeante al verme.
—Mírala, qué buena se pone cuando la llenan.
Damián me limpió con el pulgar, me besó y luego me giró. Me bajó por completo la falda y dejó mi culo expuesto. Noté su respiración entre las nalgas antes de sentir la lengua, amplia y caliente, abriéndome con calma.
—No jodas... —gemí, agarrándome al brazo del sofá.
Me comió el coño primero, devorándomelo con hambre renovada, y después fue bajando hasta el culo. Me lamió despacio alrededor del agujero, empapándolo de saliva, mientras una mano me abría más y la otra metía un dedo en mi coño para no dejar de estimularme. Cuando introdujo el dedo en mi culo, me estremecí entera.
—Más —le pedí—. Méteme más.
Obedeció. Un segundo dedo. Luego un tercero, despacio, trabajando la entrada con saliva y paciencia. Yo estaba ya muy abierta, muy caliente, y precisamente por eso supe que no se iba a quedar en los dedos.
—Quiero tu polla en el culo —dije sin girarme—. Ahora.
Hubo un segundo de silencio. Después sentí la punta presionando la entrada. Damián escupió de nuevo, se acomodó detrás de mí y empujó. El glande entró con dificultad deliciosa. Solté un jadeo seco y me agarré fuerte al respaldo.
—Despacio —murmuré.
—Despacio, pero hasta el fondo.
Y así fue. Un poco más. Otro poco. Cada avance me obligaba a respirar hondo, a relajarme, a aceptar cómo esa polla me abría el culo por dentro. Cuando al fin logró meterme más de la mitad, me quedé quieta, adaptándome a la presión brutal de tenerlo ahí.
—Joder... sí... no pares.
Empezó a moverse muy lento, sacando apenas y entrando otra vez con constancia. Ese ritmo me volvió loca. Sentía el coño latiéndome vacío, necesitado, mientras el culo lo apretaba y lo soltaba alrededor de su polla. Era una sensación espesa, honda, obscena. Cada embestida me arrancaba un gemido distinto.
Bruno y Nerea habían cambiado de posición. Él la estaba follando en el otro extremo del sofá, y ella, entre gemidos, no dejaba de mirarme. Cuando vio cómo Damián me daba por el culo, se bajó al suelo y se colocó entre mis piernas.
—Yo me encargo de esto —dijo, señalando mi coño hinchado.
Su lengua me tocó el clítoris justo cuando Damián se hundía otra vez hasta casi el fondo. Creí que me moría ahí mismo. Grité. Ella siguió chupándome y metiendo dos dedos en mi coño mientras detrás de mí la polla de Damián entraba y salía cada vez con menos cuidado.
—Así, así... no paréis... joder...
Él aumentó el ritmo. Mi culo empezó a recibir las embestidas con un sonido húmedo, brillante de saliva y de mis propios jugos desbordados. Nerea me tenía el clítoris preso entre los labios y yo ya no controlaba nada. Me corrí con una sacudida violenta, mojándole la cara. Ella no se apartó. Al contrario, siguió lamiendo mientras tragaba y gemía de gusto.
Damián duró poco más. Sacó la polla de mi culo y se la metió a Nerea en la boca en cuanto ella levantó la cabeza. Le folló la garganta dos veces y se corrió ahí mismo, gruñendo mientras ella tragaba sin protestar ni una gota.
Yo me dejé caer de rodillas, exhausta, todavía temblando.
***
Dormimos poco y mal, enredados en la cama enorme de Damián. Cuando amaneció, fui la primera en levantarme. Me puse su camisa y fui a la cocina a preparar café, con las piernas todavía sensibles y una mezcla de dolor rico y satisfacción pegada al cuerpo.
No tardaron en despertarse los demás. Escuché risas, murmullos, el colchón crujiendo. Cuando volví al dormitorio con las tazas, encontré a Nerea en el centro de la cama, desnuda, sujetando las pollas de Damián y Bruno a la vez.
—Buenos días —dijo, sin dejar de mover la mano—. Hoy me toca cumplir una fantasía.
Dejé el café en la mesilla y sonreí. No hacía falta preguntar cuál.
Bruno ya estaba entre sus piernas, lamiéndole el coño con hambre, mientras Damián le amasaba las tetas y le mordía el cuello. Nerea estaba abierta, mojada y ansiosa, temblando con cada pasada de lengua de Bruno.
—Túmbate —le dijo a Damián—. Tú primero delante.
Él obedeció y Nerea se fue sentando poco a poco sobre su polla. La recibió con un gemido largo, dejándose caer despacio hasta tragársela entera en el coño. Se quedó así un momento, llena, respirando con la boca abierta.
—Joder... qué gusto.
Bruno lubricó bien su polla y el culo de ella. Yo me acerqué a la cabecera y Nerea me buscó la mano, apretándomela mientras él le abría el agujero con dos dedos y más lubricante. La tensión en su cara era excitante. No había miedo. Había hambre.
Cuando Bruno al fin apuntó y empezó a entrarle en el culo, Nerea soltó un grito ronco. La polla de Damián seguía dentro de su coño; la de Bruno la iba llenando por detrás. Yo le besé la boca para acompañarla mientras ella tragaba saliva y respiraba hondo, dejando que su cuerpo aceptara ambas.
—Sigue —le dijo ella a Bruno—. Métela toda.
Lo hizo. Despacio, pero sin echarse atrás. Cuando la tuvo entera dentro, los tres se quedaron unos segundos quietos, saboreando esa sensación de plenitud brutal.
Luego empezaron a moverse.
Uno entraba mientras el otro salía. Coño y culo trabajaban juntos, abriéndose y cerrándose alrededor de las dos pollas. Nerea gemía sin parar, con los ojos medio cerrados, agarrada a mis hombros mientras yo le chupaba un pezón y le frotaba el clítoris con los dedos.
La cama golpeaba la pared. El cuarto se llenó de jadeos, del chasquido húmedo de las penetraciones, del sonido grave de las bolas chocando contra la piel. Nerea tenía el cuerpo en tensión constante, al borde de correrse desde hacía rato.
—No paréis... así... así... joder, me voy a correr...
Se corrió apretándome el brazo, arqueándose sobre Damián mientras el coño le ordeñaba la polla y el culo se cerraba con fuerza sobre la de Bruno. Pero no le bastó. Siguieron. Damián aceleró desde abajo. Bruno respondió por detrás, clavándosela con más hambre.
Yo bajé entre sus piernas y empecé a lamerle el clítoris mientras ellos la follaban por ambos lados. Su orgasmo siguiente fue más desordenado, casi violento. Tembló, me agarró del pelo, me mojé entera con ella y aun así no me aparté.
Damián se corrió primero, enterrado en su coño. Bruno aguantó un poco más, con la cara tensa, cogiéndola de las caderas mientras le daba las últimas embestidas en el culo antes de vaciarse también dentro.
Nerea cayó hacia atrás, sin fuerza, riéndose entre jadeos.
—Ahora sí —dijo—. Ahora sí me dejaron vacía.
—Vacía no —respondí, besándole el muslo—. Llena hasta arriba.
Nos reímos todos. El olor a sexo, café y sudor lo ocupaba todo. La noche había terminado hacía horas, pero algo en mí sabía que su efecto no se iba a ir tan fácil.
Desayunamos tarde, casi al mediodía, hablando de viajes, de volver a vernos y de lo mal que miente la gente cuando asegura que ciertas noches no cambian nada. Yo los escuchaba mientras cruzaba las piernas y sentía aún el cuerpo usado, satisfecho y vivo.
Y supe, antes incluso de irme, que no iba a ser la última vez.
Si este relato te dejó con ganas y estás en zona sur, conocé acompañantes en Lomas de Zamora.