Trío en la cala del hotel frente al mar
Me llamo Bruno y llevaba años fantaseando con ver a mi mujer con otro hombre, pero nunca lo habíamos llevado más allá de una conversación calentona en la cama. Ella, Nadia, siempre se reía cuando yo sacaba el tema, a veces me seguía el juego y otras veces me decía que dejara de provocarla. Lo curioso es que, cuando la idea aparecía, terminábamos follando con una intensidad distinta, como si esa posibilidad nos metiera fuego por dentro aunque ninguno quisiera admitirlo del todo.
Aquel verano nos escapamos unos días a la costa, antes de que llegara la temporada fuerte. Elegimos un hotel pequeño frente al mar, de esos que parecen tranquilos por fuera y perfectos para perder la rutina por dentro. El calor ya apretaba desde la mañana, y la playa tenía la cantidad justa de gente para que uno se sintiera acompañado sin sentirse observado. O eso pensábamos.
Nadia tiene ese tipo de cuerpo que no necesita exageraciones para llamar la atención. Morena, cintura estrecha, poco pecho, culo firme, piel tostada por el sol y una manera de caminar que parece inocente hasta que entiendes que sabe exactamente lo que provoca. El primer día, después de instalarnos, bajamos a la arena y ella decidió hacer topless porque la zona estaba despejada y se sentía cómoda.
Yo estaba tumbado a su lado cuando vi al muchacho. No era un niño ni nada parecido: se le notaba adulto de sobra, de esos universitarios que ya tienen barba cerrada, hombros anchos y la torpeza arrogante de quien todavía no aprende a disimular. Venía con una pareja mayor que supuse eran sus padres, y desde su toalla no dejó de mirar a Nadia ni un momento.
Se lo dije cuando nos metimos al agua.
—El de la sombrilla azul te está follando con los ojos desde que te quitaste el bikini de arriba —le murmuré, acercándome a su oído.
Ella resopló, me salpicó agua y negó con una sonrisa.
—Tú siempre viendo cosas.
—Míralo al salir, entonces.
Nadia no respondió, pero al volver a la toalla caminó más despacio, con las caderas sueltas y el culo tensando la parte mínima de la braguita. No hacía falta conocerla tanto como yo para notar que lo había hecho aposta. El muchacho siguió cada paso con una intensidad tan obvia que hasta me puso cachondo a mí.
Esa noche lo vimos en el restaurante del hotel. Mismo tipo, misma mirada clavada cada vez que Nadia cruzaba las piernas o se inclinaba sobre la copa. Cenamos, subimos a la habitación y allí no hubo charla larga: apenas cerré la puerta, la empujé contra la pared y le metí la lengua hasta hacerla gemir.
—¿Era verdad lo del chico? —me preguntó, respirando más rápido mientras yo le bajaba el vestido.
—Sí. Y te encantó.
—No seas idiota.
Le aparté la tela, la dejé en tanga y la acaricié por dentro de los muslos. Ya estaba húmeda. No porque yo fuera adivino, sino porque la conozco y porque esa mezcla de pudor, exhibición y deseo la desarma. Metí la mano entre sus piernas, apreté la tela contra su coño y ella soltó un gemido corto antes de morderme el labio.
—Mientes muy mal —le dije.
La tumbé en la cama, le aparté el tanga a un lado y le lamí el coño sin rodeos, abriéndole los labios con la lengua hasta sentirla moverse debajo de mi boca. Nadia no es de las que gimen escandalosamente al principio; primero aprieta los muslos, respira hondo, me agarra del pelo. Luego, cuando ya está caliente de verdad, empieza a pedirme más.
—No pares... así... joder, así —dijo, abriendo más las piernas.
Le metí dos dedos mientras seguía chupándola, notando cómo se apretaba alrededor de mi mano. Su cuerpo iba tomando ese temblor previo al orgasmo que me vuelve loco, y cuando la hice correrse, lo hizo con la espalda arqueada y un gemido largo que se perdió en la almohada. Después me saqué la polla y me la agarró enseguida, como si hubiera estado esperándola desde hacía rato.
—¿También piensas en él cuando me follas? —le pregunté.
Me miró con esos ojos medio cerrados, calientes, y sonrió de lado.
—Ahora mismo solo pienso en que me la metas.
La penetré de una embestida seca, sin delicadeza, y ella me recibió mojada y abierta, con las uñas clavándose en mis hombros. Follamos fuerte, rápido, con el aire aún oliendo a sal y protector solar. Cada vez que le daba más hondo, su boca se abría y dejaba escapar un gemido ronco que me empujaba a seguir. Acabé dentro del preservativo, jadeando sobre ella, mientras su mano me acariciaba la nuca.
Al día siguiente coincidimos con el mismo tipo en el desayuno y otra vez en la playa. Esta vez Nadia llevaba un bikini negro con tanga, y el top terminó en el bolso a los pocos minutos. Él volvió a mirarla sin disimulo. Ya no era simple curiosidad; era hambre. Y ella, aunque fingía indiferencia, se recolocaba sobre la toalla, estiraba los brazos sobre la cabeza y levantaba el pecho como si quisiera regalarle mejores ángulos.
Por la noche hubo partido en el bar del hotel y terminó sentado con nosotros. Se llamaba Marcos. Lo invité con una excusa cualquiera y Nadia me lanzó esa mirada mezcla de reproche y curiosidad que solo ella sabe hacer. El caso es que el chico se integró rápido. Hablaba bien, tenía descaro, se notaba que estaba excitado por la situación y tratando de no cagarla.
Nos dijo que estaba terminando la carrera, que había ido unos días con sus padres y que se moría de aburrimiento. Nadia le siguió la conversación con naturalidad, pero yo veía el juego subterráneo: ella cruzando y descruzando las piernas, él desviando la vista del partido hacia el escote suelto del vestido, yo alimentando una fantasía que ya había dejado de ser abstracta.
Esa noche, al volver a la habitación, Nadia no necesitó que le sacara las palabras con pinzas.
—El chico está bueno —me dijo mientras se quitaba los pendientes frente al espejo.
Yo me acerqué por detrás y le besé el cuello.
—Y tú llevas dos días provocándolo.
—Tú llevas dos días poniéndomelo delante.
Le bajé la cremallera del vestido y cayó al suelo. No llevaba sujetador. Le mordí un pezón, luego el otro, y ella echó la cabeza atrás mientras metía la mano en mi pantalón. Aquella vez follamos hablando de él sin nombrarlo demasiado, como si el simple hecho de admitirlo nos encendiera aún más. Cuando se corrió sobre mi polla, me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Si sigues empujando, un día vas a conseguirlo.
Yo no dormí pensando en eso.
***
A la mañana siguiente, en el desayuno, Marcos comentó que sus padres se quedarían en la piscina del hotel y que él prefería la playa. Antes de pensarlo demasiado, le propuse ir con nosotros a una cala cercana. Nadia me miró de inmediato, sorprendida, pero no dijo que no. Ese silencio suyo era más elocuente que cualquier permiso.
La cala estaba a pocos minutos en coche. Rocas a los lados, arena suficiente para tres toallas, mar limpio y casi nadie alrededor. Un sitio perfecto para tomar el sol... o para dejar de tomarlo y hacer otra cosa. Bajamos con una nevera, bebidas y una tensión que ya viajaba con nosotros desde el hotel.
Nadia se quitó el vestido y se quedó en tanga y con la parte de arriba del bikini apenas sujeta. Marcos intentaba comportarse, pero le resultaba imposible no mirarle el culo cada vez que se movía. Yo observaba a los dos mientras abría unas cervezas, disfrutando de una mezcla de control y pérdida de control que me estaba volviendo loco.
Cuando Nadia se levantó para ir al agua, le dije en voz alta:
—Cómo me gusta verte caminar así.
Ella giró la cabeza y respondió con media sonrisa.
—A ti y al público.
Marcos se rio. Ya no estaba tan tímido.
Entramos al agua los tres. Empezaron las salpicaduras, los roces fingidamente accidentales, las manos que se quedaban un segundo más de la cuenta sobre una cadera, una cintura, un muslo. Yo lo veía tocarla y no sentía celos; sentía la polla cada vez más dura. Nadia también lo notaba. Se le veía en la forma de sostenerle la mirada.
Salí antes del agua y me tumbé en la toalla con una cerveza. Desde allí los observé jugar. Marcos se acercaba a ella demasiado; Nadia no se apartaba. Al contrario, se dejaba perseguir, giraba el cuerpo, se sumergía y salía pegándose a él. Era una escena tan descarada que casi me dolía la erección.
Cuando por fin volvió, traía el tanga mal colocado y los pezones duros por el agua fría.
—Tu amiguito está desatado —dijo, sentándose a mi lado.
—Y a ti te encanta.
Nadia no negó nada. Se limitó a mirar cómo Marcos salía del mar. Fue entonces cuando se hizo evidente lo excitado que estaba. El bañador le marcaba una erección grande, imposible de esconder, y la cara de Nadia cambió. Ya no era solo juego: era interés puro, directo, carnal.
—Joder —murmuré—. Se le nota una barbaridad.
—Ya lo veo —contestó ella sin apartar la mirada.
Cuando llegó junto a las toallas, le ofrecí una cerveza y decidí romper del todo la barrera.
—Ahora entiendo por qué te costaba salir del agua.
Marcos bajó la vista, se rió con vergüenza, pero Nadia lo remató antes de que pudiera inventar una excusa.
—Con eso yo tampoco tendría mucha prisa por disimular.
Él la miró sorprendido. Yo vi exactamente el instante en que entendió que aquello no era una fantasía unilateral. Nadia se tumbó boca arriba, volvió a dejar los pechos al aire y el ambiente se espesó de golpe.
Pasó un rato más. Sol. Cerveza. Silencios cargados. Finalmente Nadia dijo que iba a darse otro baño. Yo iba a contestarle cualquier tontería cuando Marcos habló con una naturalidad que nos dejó mudos.
—Métete sin bikini. No hay nadie.
Los tres nos quedamos quietos un segundo. Nadia me miró. Yo la miré a ella. No hacía falta discutir nada; los dos sabíamos que habíamos llegado justo al punto del que tantas veces habíamos hablado en la cama.
—Solo si os metéis vosotros también —dijo ella.
—Por mí, vale —respondió Marcos al instante.
Se bajó el bañador sin pose, sin teatro, como quien acepta un reto. Su polla saltó libre, gruesa y completamente dura, y Nadia se quedó mirándola sin pudor. Yo también. Era una buena polla, de eso no había duda. Él caminó desnudo hacia el agua y se giró a medio camino.
—¿Qué pasa? ¿Ahora os rajáis?
Nadia soltó una risa nerviosa, se puso de pie y se quitó primero la parte de arriba del bikini. Luego deslizó el tanga por sus piernas y lo dejó sobre la toalla. Se quedó desnuda frente a nosotros y frente al mar, con el coño depilado, los pezones tensos y una expresión a medio camino entre el morbo y el desafío. Me corrí por dentro solo de verla así.
Yo me desnudé después, con la polla dura, latiéndome contra el vientre.
Entramos al agua despacio. Cuando llegamos donde estaba Marcos, no esperamos demasiado. Él puso una mano en la cintura de Nadia como quien pide permiso sin hablar. Ella no se apartó. Entonces le besó. Un beso torpe al principio, caliente enseguida, con lengua, con hambre contenida de dos días saliendo de golpe.
Yo estaba a menos de un brazo de distancia cuando ella gimió dentro de su boca. Ver a mi mujer besando a otro hombre adulto delante de mí, desnuda, mojada, con el mar golpeándonos las caderas, me dejó fuera de mí. Me acerqué por detrás, le agarré las tetas y empecé a besarle el cuello mientras Marcos seguía comiéndole la boca.
—Joder... —murmuró Nadia—. Sí... así...
Mis manos bajaron hasta su coño. Estaba mojado, resbaladizo, abierto. Le metí dos dedos y ella separó más las piernas dentro del agua. Marcos aprovechó para bajarle la cabeza y besarle los pechos, chupándole los pezones uno tras otro mientras yo la masturbaba por detrás. Nadia jadeaba, alternando besos con él y gemidos para mí, atrapada entre los dos y cada vez más entregada.
—Quiero verte tocarla bien —le dije a Marcos.
Él asintió, se puso de rodillas donde el agua le cubría apenas la cintura y llevó la boca al coño de Nadia. Ella soltó un gemido escandaloso cuando la lengua le rozó el clítoris. Yo seguía sujetándola por las caderas, abriéndosela más, viendo cómo ese tipo al que dos días antes solo conocíamos de vista le comía el coño a mi mujer con una devoción sucia, ansiosa, casi salvaje.
—No jodas... qué bien lo haces... —jadeó Nadia, apretándome el antebrazo.
Marcos chupaba y lamía sin timidez, metiendo la lengua a fondo, alternando con los dedos sobre su entrada. Nadia temblaba. Yo me masturbaba detrás de ella, observando cómo se corría en la boca de otro hombre. Cuando explotó, lo hizo cerrando los muslos alrededor de su cabeza y echando la cabeza hacia atrás sobre mi hombro.
La sacamos del agua y la llevamos casi a rastras hasta las toallas, porque ninguno estaba dispuesto a esperar más. Nadia cayó de espaldas sobre una de ellas, aún jadeando, y abrió las piernas de inmediato.
—Folladme ya —ordenó con voz rota—. No me hagáis esperar más.
Marcos se colocó entre sus muslos y le pasó la punta de la polla por el coño, empapándola más. Ella la miró con una mezcla de nervio y puro deseo.
—Métela —dijo.
Se la fue metiendo despacio al principio, porque el tamaño imponía, pero Nadia no tardó en agarrarlo de la cintura y tirar de él.
—Toda. Joder, toda.
Él la penetró hasta el fondo y Nadia gritó. Un grito real, ronco, nada fingido. Yo me arrodillé a su lado y le ofrecí mi polla a la boca. Ella la agarró enseguida y empezó a chuparme mientras Marcos la embestía. La imagen era exactamente la fantasía que me había perseguido durante años: mi mujer abierta de piernas en una cala casi vacía, tragándome la polla mientras otro se la follaba.
Marcos tenía aguante, pero sobre todo tenía hambre. Le daba fuerte, saliendo casi entera y volviendo a entrar con golpes secos que hacían chocar las caderas. Nadia babeaba alrededor de mi polla y gemía cada vez que él encontraba el ritmo que más la sacudía.
—Así, así, no pares... —decía ella, soltándome para recuperar aire—. Joder, qué bien me la estás metiendo.
Le agarré una teta y se la apreté mientras él seguía taladrándola. Luego me puse detrás de su cabeza para que pudiera alternar entre chuparme y besarme el vientre cuando estaba demasiado aturdida para más. Su coño sonaba húmedo con cada embestida, abierto, hambriento, y verla así me empujó al límite.
—Quiero probarte la boca mientras él te folla —le dije.
Nadia se giró a cuatro patas sin rechistar. Marcos se colocó detrás y volvió a penetrarla desde esa postura, más hondo todavía, agarrándola de la cintura. Yo me puse delante y ella me chupó con una dedicación obscena, subiendo los ojos para mirarme mientras recibía las embestidas del otro. La visión de su culo rebotando contra la pelvis de Marcos, de su boca llena de mi polla y de sus gemidos ahogados por la mamada me hizo perder casi la cabeza.
—Te gusta, cabrona —le dije, agarrándole el pelo en una coleta improvisada.
Ella soltó mi polla solo para responder:
—Me encanta... me encanta que me folléis los dos.
La confesión terminó de romper cualquier resto de freno. Marcos empezó a darle más duro, con una mano en su cadera y otra bajando a tocarle el clítoris. Nadia se estremeció entera. Yo volví a ponerle la polla en la boca y esta vez me corrí, bombeándole hasta el fondo. Ella tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por la barbilla, gimiendo al mismo tiempo porque seguía siendo follada sin pausa.
Se limpió con el dorso de la mano, me miró con una sonrisa descompuesta y dijo:
—No ha terminado.
La tumbamos boca arriba otra vez. Yo le abrí las piernas y me puse a lamerle el clítoris mientras Marcos seguía penetrándola. Quería sentir en mi boca cómo se ponía más dura, más sensible, más al borde. Él la estaba reventando a embestidas y yo la chupaba justo donde más temblaba. Nadia no tardó en venirse otra vez, esta vez a gritos, apretando los muslos contra mi cabeza mientras Marcos seguía dándole hasta quedarse también al límite.
—Me corro —avisó él, casi sin voz.
Nadia lo miró con una claridad brutal.
—Hazlo fuera. Quiero verlo.
Salió de ella con dificultad y se masturbó apenas un par de veces antes de correrse sobre su vientre y sus pechos, sacudiéndose entero. Nadia miró la corrida caer sobre su piel con un morbo descarado. Luego pasó dos dedos por su barriga, recogió parte y se los llevó a la boca. Yo pensé que iba a explotar otra vez solo por verla hacer eso.
Nos quedamos los tres jadeando bajo el sol, desnudos y sucios de sal, sudor y semen. Nadia cerró los ojos unos segundos, recuperando el aliento, y después se incorporó lentamente.
—Ahora sí necesito esa cerveza —dijo, y los tres nos echamos a reír.
La tensión no desapareció después. Si acaso, cambió de forma. Más relajada, más peligrosa. Comimos tarde en un chiringuito apartado, vestidos otra vez, pero con esa intimidad obscena que nace cuando ya te has visto todo. Cada roce de Nadia bajo la mesa, cada mirada de Marcos, cada silencio entre nosotros llevaba dentro lo que había pasado en la cala y la pregunta muda de si aquello iba a terminar ahí.
No terminó ahí.
Esa noche, al volver al hotel, Nadia me pidió que no cerrara la puerta del balcón todavía. Se apoyó desnuda contra la barandilla, con la luz cálida de la habitación dibujándole el cuerpo, y me dijo al oído:
—Invítalo a subir. Quiero otra vez.
Y yo, con la polla ya despertando de nuevo, supe que aquellas vacaciones apenas acababan de empezar.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí acompañantes en Mendoza.