La mano en mi muslo no era la de mi marido
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.
Salió de casa sin ropa interior, con una falda de cuero y la certeza de que ese día no iba a ser como los demás. No se equivocó.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.
Afuera nevaba sin parar. Adentro, al otro lado de la pared, alguien gemía. Y yo tenía a mi tía dormida a mi lado, con el albornoz apenas cerrado.
Estábamos sentados frente a frente en el rincón más discreto del restaurante. Nadie podía imaginar lo que yo estaba haciendo con mis pies por debajo de esa mesa.
Me levanté a la madrugada con el cuerpo en llamas y salí al parque en camisón, sin nada debajo. Cada brisa era una caricia. Cada farola, un testigo silencioso.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Pegué el oído a la puerta del cuarto de mi madre y desde esa noche ya no pude dejar de mirar. Lo que descubrí me cambió para siempre.
Empecé sola en mi cuarto con el porno de siempre. Terminé escribiéndole a cinco desconocidos para que me dijeran qué pensaban de mí desnuda.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
Cuando el sistema parpadeó verde y la pantalla cobró nitidez, lo último que esperaba ver era a Camila acercándose desnuda al sillón donde mi marido leía el periódico.
Me senté en el murete frente al mar, separé las piernas y dejé que el viento hiciera el resto. Seis desconocidos vieron todo. Los necesitaba a todos.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Mi suegra nunca supo que el espejo que tanto agradeció era mi ventana privada hacia ella, cada noche que mi mujer dormía frente a la tele.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Adrián me pidió una fantasía y yo le di un escenario perfecto: un cristal de una sola cara, un aniversario de mentira y a su hermano caminando directo a la trampa.