El verano tabú de mi abuela, mi madre y yo
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Éramos dos socios casados, un todoterreno caro y doscientos kilómetros por delante. Ellos tenían veinte años y una actitud que lo cambiaba todo.
Cuando Andrés llegó a casa esa noche y vio luz bajo la puerta de Nadia, no esperaba encontrar lo que encontró. Ni imaginó que lo invitarían a quedarse.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Me quité el tacón despacio, sin apartar los ojos de él, y empecé a subir por su pierna. Quería ver exactamente cuándo dejaría de fingir que todo era normal.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Valentina apareció con el vestido rojo y sonrió al ver las mesas de blackjack. Esa noche era la apuesta más alta del casino privado de su marido.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Estaba a punto de llegar al hostal cuando sonó su teléfono. Se quedó blanco. Yo me quedé ardiendo, con el abrigo y las medias, a veinte minutos de casa.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.
La nieve nos dejó atrapados y ella salió del baño con solo el albornoz. Esa noche supe que no iba a ser capaz de seguir mirándola como antes.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.
Cuando los vi en la azotea, todo cambió. Mi primo me miraba desde la oscuridad y me preguntó algo que no esperaba escuchar esa noche.