La apuesta que perdió mi marido aquella noche
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Me suscribí sin pensarlo. Era su cara, su cuerpo, su voz. Y yo, su padre, no podía apartar los ojos de la pantalla.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.
Cuando me abrió la puerta con el pelo todavía mojado, supe que había soñado con ese momento desde la adolescencia, sin atreverme a nombrarlo.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Las cinco y media. El pasillo a oscuras. Fui a llamarla y lo que escuché al otro lado de esa puerta me dejó sin aire durante quince minutos.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Me metí desnudo en la piscina de mis suegros a las dos de la madrugada. Diez minutos de silencio y libertad. Luego escuché una puerta abrirse.
Medio borracha junto al arroyo, busqué las toallitas en mi bolsillo y saqué algo que no debería estar ahí. Las malas decisiones siempre se recuerdan mejor.
Llevábamos meses jugando con la idea. Pero cuando Laura se acercó a aquel hombre en el agua y vi cómo movía la mano bajo la superficie, supe que ya no era una fantasía.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.
Ella se vestía para mí los viernes: nada debajo del vestido, dedos entre las piernas camino al cine, y el capó del carro como cama en la oscuridad.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Apoyé el celular sobre la cómoda con la videollamada activa. Mi amante miraba en silencio mientras un desconocido me besaba el cuello. No quería perderse nada.
Cuando la casa quedó vacía por fin, saqué el body rojo, el tequila y el espejo grande. Sabía exactamente cómo iba a pasar esas horas.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.