El vecino que me miraba desde su balcón
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
Nos tocabamos a escondidas desde hacia semanas, pero esa noche el juego de botella nos obligo a mostrarlo frente a ellos.
Habíamos pasado tres semanas sin vernos. Cuando lo recogí en su casa ya sabíamos los dos que no íbamos a terminar en ningún bar.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Marcos se quitó la ropa con naturalidad. Lucía no se cubrió con toalla. La luz rojiza del pasillo convirtió su cuerpo en una invitación silenciosa.
Rodrigo me miró fijo y me dijo que sí, que lo hiciera, pero que quería verlo todo. Y yo, que creía que eso me daría vergüenza, sentí exactamente lo contrario.
La vendedora me aseguró que nadie podría verme. Cuando la caja cayó al piso, me quedé expuesta ante tres desconocidos que no pensaban marcharse.
Cuando empezaron los gemidos al otro lado de la pared, ella dormía a mi lado. Lo que vi en el espejo esa madrugada todavía no sé cómo contárselo a nadie.
Dejé el auto a una cuadra para no hacer ruido. Las luces estaban apagadas, pero del fondo de la casa llegaban risas que no encajaban con ninguna reunión tranquila.
Era solo un nombre en una lista larga. Cuando ella encendió la cámara, todo lo que creía sobre el deseo cambió para siempre.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
Doce personas que no se conocían entre sí, una casa rural y dos noches sin reglas. Cuando sonó el claxon, salimos al salón completamente desnudos.
Nadie respondió cuando llamé a la puerta. Entré, recorrí el pasillo y al llegar a la cochera me quedé paralizado ante lo que vi.
Había entrado a comprar un juguete. No esperaba terminar en el suelo de la tienda, completamente desnuda, con extraños mirándome desde el otro lado de una caja caída.
El crujido de la puerta me despertó. Reconocí la respiración de mi hermana antes de que mi marido dijera nada. Y decidí no abrir los ojos.
El cartel prometía orgía, parejas, strippers. Lo que pasó en ese motel fue otra cosa: él me desnudó delante de treinta desconocidos.
Cuando vi al desconocido pegado a la espalda de mi mujer, supe que nunca iba a olvidar esa imagen. Lo que no sabía es que aún faltaba lo peor.