Mi Dueño quería ver hasta dónde llegábamos
El aire de la habitación se había vuelto irrespirable cuando Él nos miró y dijo que esa noche teníamos que demostrarle hasta dónde éramos capaces de llegar por su placer.
El aire de la habitación se había vuelto irrespirable cuando Él nos miró y dijo que esa noche teníamos que demostrarle hasta dónde éramos capaces de llegar por su placer.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
El vestido me abrazaba el cuerpo, las medias me rozaban a cada paso y, cuando aquel hombre me tendió la mano para bailar, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Bajó del escenario con el vestido pegado al cuerpo y él ya la esperaba en las sombras del pasillo. No dijo nada: solo la agarró del brazo y abrió la puerta.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Me había prometido que no volvería. Tenía las palabras preparadas, la voz firme. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, todo lo que había ensayado se desmoronó.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
No me duché antes de volver. Quería que el aroma de él se mezclara con el mío y que mi novio aprendiera, con la lengua en mi ropa interior, lo que olía.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Llevaba tres días sin poder ir al baño cuando entré en esa consulta de lujo. Bajo la bata de la doctora encontré algo que mi cuerpo nunca olvidaría.
Cuatro semanas de pruebas de sumisión y ahora la final: resistir más que la otra pareja. Sofía no pensaba pronunciar la palabra de seguridad, cueste lo que cueste.
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.