Lo que le hicimos al novio de mi mejor amiga
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Cuando llamé al timbre de aquella casa de campo, creía que solo me esperaba una cena. Tardé media hora en darme cuenta de que la verdadera prueba aún no empezaba.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Tiene muchos nombres para mí. Ninguno importa mientras la miro obedecer desde el otro lado de la pantalla, esperando el día en que la tenga de rodillas frente a mí.
Él salió del baño y la encontró como la había dejado: rendida sobre la sábana, marcada con sus huellas. Las nalgas enrojecidas eran su firma en ella.
La Ama anunció la revisión con esa sonrisa que siempre me helaba la sangre. Supe de inmediato que ese día sería diferente a todos los anteriores.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.