Las sirvientas del palacio me hicieron su esclavo
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
Esa mañana era el cumpleaños de Valeria y yo había planeado cada detalle. Faltaba una sola pieza: la desconocida que esperaba en la estación con una gabardina y sin nada debajo.
Cuando por fin lo dije en voz alta, su mirada cambió. Ya no era solo mi amigo. Era otra cosa, y yo lo había pedido desde el principio.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.
Cuando cerraron la puerta y la oscuridad se hizo absoluta, supe que no era un castigo. Era algo peor: la transformación que iba a borrarme para siempre.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Cuarenta y cinco años, barriga incipiente y un aparato de castidad que mi propia hija controla desde el otro lado de la barra. Esta es mi vida ahora.
Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Sabía que al otro lado de esa puerta me esperaba alguien capaz de convertirme en lo que siempre había soñado ser.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Sofía pesaba noventa kilos de pura autoridad. Renata lo entendió la noche en que una carpeta vieja cambió el equilibrio de poder entre las dos para siempre.
Raquel creyó que siempre sería quien imponía las reglas. Esa noche en el muelle, con el bocado de hierro y la marca fresca en el muslo, todo cambió.
La varilla de bambú silbó en el aire y Clara no parpadeó. Éramos amigas. Ahora ella sostenía el cronómetro y yo estaba de rodillas sobre la rejilla helada.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Entré a buscar el teléfono y lo encontré allí, en silencio, mirándome de esa forma que sabía exactamente lo que significaba.
La mazmorra del Ama Vera no tenía secretos para mí, pero esa noche llegó Elena, y todo cambió cuando Vera nos ató juntos cara a cara.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Nunca me había sentido así: el vientre todavía plano, el cuerpo en llamas, y una necesidad tan urgente que no podía esperar a nadie más que a mí misma.
Cuando abrí los ojos ya era tarde. Dos cuerpos me aplastaban contra el colchón y el frío del acero en mis muñecas me dijo que aquella noche lo había cambiado todo.