Lo que le di al voyeur que me seguía en silencio
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
Me había prometido que no volvería. Tenía las palabras preparadas, la voz firme. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, todo lo que había ensayado se desmoronó.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Cuando apagaron las luces sacó un calcetín y lo presionó contra mi cara. No era ninguna broma: sabía exactamente quién era yo.
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Esa mañana Rodrigo cerró la puerta de su despacho y sacó una pequeña bolsa dorada. Dentro había algo que cambiaría las mañanas de la oficina para siempre.
Cuando cruzé la puerta de la mazmorra, ella me tendió la mano para que se la besara. Luego señaló el suelo. Supe en ese instante que la noche sería larga.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Entró al cuarto de estudio con una mirada que no admitía preguntas. Me ordenó que me desnudara. Tenía reunión en veinte minutos y yo iba a ser su entretenimiento.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Anudó las cuerdas a sus muñecas y avanzó hacia el fango sin saber que alguien la observaba desde la espesura, con un cuchillo bien afilado en la mano.
Pensé que enfrentarme a una mujer sin entrenamiento sería pan comido. El primer abrazo de oso me sacó esa idea de la cabeza para siempre.
Andrés completó el tercer vídeo aunque le generó rechazo. Eso era exactamente lo que Vera necesitaba ver en sus sujetos: obediencia cuando el cuerpo se niega.
Treinta y un puntos. La voz de ELARA ya lo esperaba: «Despierta, cielo. Hoy tampoco serás el hombre que llevas años creyendo ser».
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Mi mentor me enseñó que el sexo entre hombres tiene sus propias reglas. Aquella noche con cera caliente fue la última. Tres años después, un desconocido lo cambió todo.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
Acabé sin permiso mientras la veía con él. Cuando amaneció el sábado, supe que tendría tres días enteros para pagarlo.