Castigada en el parque como una perra
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Cuando le propuse a Valeria compartir a mi novio y a mi hermano, se quedó sin palabras. Lo que vino después en el sótano fue imposible de olvidar.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando Marta me dijo que había encontrado a las cuatro mujeres perfectas para mi castigo, supe que ya no había marcha atrás. Esa misma tarde firmé el contrato sin leer la mitad.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Llamó desde el baño, con la canilla abierta para que nadie la escuchara. Escuchó «dominación», «sumisión», «un año sin salida». Y aun así firmó.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Entré al salón y lo encontré esperándome con algo detrás de la espalda. Esa sonrisa me dijo antes que él que la noche no iba a ser normal.
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
Lo que empezó como un juego de seducción inocente se convirtió en sumisión total. Yo era el ama del juego, hasta que dejé de serlo.
En este trabajo aprendes pronto que hay gente que confunde pagar un servicio con comprar a una persona. Algunas lecciones te marcan de por vida.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.