La dominante que terminó siendo la mercancía
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Llegamos al hotel con una mochila que ella no había visto abrirse todavía. Cuando lo hice, su respiración cambió de golpe.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
Vino a mi puerta a molestar con su actitud de macho. Se fue del suelo sin poder caminar. Nadie volvió a subir la música.
Me agarraron por detrás sin que lo viera venir. En segundos estaba de rodillas en plena luz del día, con todo el parque mirando.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Nadia tenía dos esclavos perfectos, medio millón de dólares acordados y una sonrisa de victoria. No imaginó que Viktor traería el collar para ella.
Me dije que solo sería un café. Que podía controlar la situación. Pero cuando abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre, ya no había vuelta atrás.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Habíamos tendido la trampa perfecta. Pero cuando Diego me tomó por la cintura con esa seguridad brutal, entendí que ya no era yo quien llevaba las riendas.
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.