Mis pies después de un día entero en Praga
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Sus ojos detrás de las gafas llevaban años persiguiéndome desde el otro lado de la barra. La tarde que le rocé la muñeca, supe que también esperaba algo.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Cuando entré sola en aquella sala impecable y pulsé el interruptor, supe que ya no había vuelta atrás. Los ocho hombres aguardaban al otro lado.
Llevaba tres días sin poder ir al baño cuando entré en esa consulta de lujo. Bajo la bata de la doctora encontré algo que mi cuerpo nunca olvidaría.
Cuando salí del probador con la minifalda de colegiala, supe por la cara del vendedor que mi marido no había venido solo a comprar ropa.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
Durante tres años vendí mi cuerpo por dinero. Lo que voy a contar no lo saben ni mis amigos más cercanos. Algunos clientes no eran clientes: eran depredadores.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Pensé que seguía manejando el juego hasta que sus manos me sujetaron la cadera y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Cuando rozó su mano con la mía al pasarme el vaso, no la retiró. Me miró por encima de las gafas, se mordió el labio y supe que llevábamos demasiado tiempo esperando.