Las llevé enmascaradas al carnaval de Venecia
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
El mensaje llegó a media tarde. Tres palabras: «Pruébatelos. Foto.». Subí al dormitorio y abrí el cajón donde él guarda los bikinis.
Mi marido creía que todo se había arreglado con besos y promesas. Pero esa noche aprendí que la verdadera traición no requiere cuerpos, sólo palabras precisas y una sonrisa cruel.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
Lo escuché con paciencia y le sonreí. No iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta el último rincón, justo donde él nunca se atrevió a mirar.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
Cuando bajamos del avión teníamos un cheque y un secreto. El cheque cubría las deudas; el secreto, en cambio, no se borra ni con el tatuaje cubierto.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Tres semanas de audios negociando límites. Esa noche llegué a su loft con las muñecas listas para la cuerda y un sí que iba a aprender a matizar.
Llevaba años escribiendo fantasías que jamás contaría en voz alta, hasta que un desconocido me escribió: «Quiero mostrarte que esa habitación que describes es real».
Cuando Camila propuso bajar al sótano de mi novio, supe que aquella noche no iba a terminar como las otras: mi hermano ya la había probado por la tarde.