Vestida y atada en la camilla de la clínica
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Dos hombres entran a la vitrina creyéndose intocables. Solo uno saldrá como llegó; al otro, el público ya decidió convertirlo en algo dulce, obediente y para siempre distinto.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Subí a la habitación temblando de nervios y deseo. Ella me esperaba con una sonrisa que ahora entiendo: era la sonrisa de quien sabía cómo iba a humillarme.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Cuando me arrancó la toalla en el porche y los vecinos pararon de cenar para mirarme, entendí que aquel verano iba a ser muy distinto al que yo había imaginado.
Sonó el teléfono, dije que iba a correr y manejé hasta su casa. Cuando volví a mi cuadra, las sirenas ya me estaban esperando.
Cuando mi ama abrió la puerta y olió el humo del salón, supe que esa tarde iba a probar la vara como nunca antes la había probado.
Detrás de las gafas oscuras nadie sabe hacia dónde mira un hombre, y esa tarde de julio él decidió mirar mucho más allá de la línea de la sombrilla.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
Pidieron ser marcadas. Valeria fue la primera en hablar. Cristina asintió. Lo que vendría después de la llama no se parecía a nada que hubieran imaginado.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.