Volví sin ducharme y él terminó por rogar
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
No había cometido ninguna falta, y él quería verla de rodillas con la bayeta en la mano. Ella lo haría, porque eso era lo que había elegido ser para él.
La primera vez que Marcos la hizo arrodillarse frente a la cámara, Valeria sintió el calor de la vergüenza quemarle las mejillas. Era exactamente lo que él buscaba.
Cuando salí del probador con esa minifalda diminuta, mi marido ya le había explicado las reglas al encargado. Solo me quedaba salir y dejarme mirar.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Marcos la penetró sin avisar y Nadia le tapó la boca al mismo tiempo. Sin aire, con cada embestida, Valeria entendió que el control lo tenía él, siempre él.
Cuando mi marido cerró la puerta a las tres y me encontró en la cocina con el té entre los dedos y el encaje negro pegado al cuerpo, supe que no iba a quedarse callado.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Cuando abrí los ojos, mis muñecas estaban sujetas sobre mi cabeza y yo no tenía ni una prenda. El problema no era eso. El problema era que él sonreía.
Dejé a mi Cachorro en casa con la jaula puesta y conduje hasta La Guarida. La liquidación anual prometía exactamente lo que necesitaba.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Llegamos al hotel con una mochila que ella no había visto abrirse todavía. Cuando lo hice, su respiración cambió de golpe.