El ama que terminó esclava de su propio socio
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Llamó desde el baño, con la canilla abierta para que nadie la escuchara. Escuchó «dominación», «sumisión», «un año sin salida». Y aun así firmó.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Mi marido la dejó castigada en su habitación antes de viajar. Cuando subí a llevarle la cena, ella me esperaba con apenas un top turquesa y una sonrisa que no era de niña.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.