Mis encuentros lésbicos en una app de videojuego
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Historias reales contadas en primera persona
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Siempre me habían gustado los hombres. Eso creía yo, hasta la noche que mi amiga me miró de una forma diferente y algo dentro de mí respondió sin que yo lo decidiera.
Llevaba un mes pensando en esa noche, y se lo conté todo a Sandra sin filtros. Ella escuchó en silencio y al final dijo: me da envidia. Así empezó todo.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Mi marido me dejo sola con la mudanza. El encargado tenia manos firmes, mirada directa y algo entre las piernas que no me dejo pensar con claridad.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
El pasillo estaba en silencio, su puerta entreabierta. Sabía que no debía entrar. Entré de todas formas.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
Bajé al aeropuerto con un vestido rojo demasiado ajustado y un secreto entre las piernas. Esa noche el rojo se nos metió en la piel, en la boca, en todo.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.
Cuando se desabrochó el botón del pantalón en el asiento del copiloto, supe que esa tarde no iba a llegar a casa por el camino más corto.