El hijo del mecánico no me dejó irme esa tarde
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
Historias reales contadas en primera persona
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Adrián me pidió una fantasía y yo le di un escenario perfecto: un cristal de una sola cara, un aniversario de mentira y a su hermano caminando directo a la trampa.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
Llevaba toda la semana ensayando cómo decirle lo que necesitaba esa noche. Cuando entró por la puerta del departamento, supe que ya no haría falta hablar.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Esa noche estaba sola, las cortinas cerradas, y decidí explorar hasta donde nunca había llegado. Lo que pasó después me dejó temblando frente al espejo durante horas.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Tenía cuarenta y cinco días para perder todo o aceptar su propuesta. Cuando colgué el teléfono, no fue mi mano la que tembló. Fue algo que aún no sabía nombrar.
Sabía que habría consecuencias por llegar tarde. Lo que no sabía era que Marcos había planeado algo mucho peor que un castigo.
Estaba respirando hondo frente a la puerta del cuarto cuando sus manos me rodearon la cintura por detrás. No estaba preparada para lo que venía.
Acepté un paseo y terminé contándole a la doctora de guardia lo que de verdad había pasado en aquella casita de la frontera.
Habíamos pasado tres semanas sin vernos. Cuando lo recogí en su casa ya sabíamos los dos que no íbamos a terminar en ningún bar.
Después de la tercera copa de vino supe que esa noche iba a pedirle algo que no le pedía desde hacía mucho. El corazón me latía antes de abrir la boca.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
A los 23 años, sin trabajo y a punto de volver a casa de mis padres, acepté quitarme la ropa frente a una cámara. Lo que pasó después cambió mi vida.
Llevaba semanas diciéndome que era lo correcto: poner distancia, coger ese avión y no mirar atrás. Pero cuando abrí la puerta y lo vi, todo se fue al traste.