La fantasía que lo dejó hecho pedazos
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
La primera vez que lo vi con ella, quise matarlo. La segunda vez que entró por mi puerta sin tocar, entendí que las reglas habían cambiado para siempre.
Puse el café en la mesa, empezamos a hablar, y lo último que recuerdo es que el sueño me venció. Cuando desperté, estaba atado de pies y manos.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Cuando lo veo por la mirilla sé que debería no abrir. Nunca lo hago. Hay algo en él que no puedo nombrar pero tampoco puedo ignorar.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.