Lo que hago cuando me imagino que me miras
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Cuando se me llenó la casa de humo y volví a llamarlo, supe que esa tarde no iba a terminar solo arreglando la chimenea. Su mirada ya me había desnudado dos veces.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
Cuando me incliné a propósito y vi cómo me devoraba con la mirada, supe que esa noche, sola en mi habitación, no podría dormir sin terminar lo que él había empezado.
Cuando vi la foto de su barriga redonda en el chat, debería haber roto el teléfono. En vez de eso abrí el cajón, saqué el vibrador y empecé a imaginar.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.
Cuando me puse el antifaz frente al espejo, dejé de ser yo. Lo que pasó después en aquel jardín no se lo conté a nadie hasta hoy.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.