El agujero en la pared que le regalé de aniversario
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
El teléfono de su marido estaba en la mesilla. Ella sabía que no debía abrirlo. Lo abrió igual. Y lo que encontró la destruyó de dos maneras.
El pueblo entero cerró los ojos. Rodrigo perforó un agujero del tamaño de un guisante en la contraventana y pegó el ojo. Tenía que verla.
Esa noche, con la luz baja y su cuerpo pegado al mío, me animé a contarle la fantasía que llevaba meses guardando. Lo que vino después no estaba en mi cabeza.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Entré sola, me desnudé despacio y pulsé el botón. Al otro lado de la puerta había ocho hombres esperando mi señal. Nunca había sentido tanto miedo y tanto deseo a la vez.
Había comprado el juguete semanas atrás y lo guardé en el cajón por miedo. Esa noche decidí que ya era hora de dejar de esperar que alguien más lo hiciera.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Nunca le di un like. Nunca le escribí. Pero sus relatos me perseguían hasta la cama, y una noche entendí que ya no podía seguir ignorando lo que sentía.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Pagó en efectivo, tomó la llave sin cruzar palabras y subió. La habitación estaba oscura y la pantalla parpadeaba, esperando. Diego sabía exactamente para qué había venido.
Llegué a casa de sus padres y la vi en la puerta con ese vestido corto que me volvía loco. Sin nada debajo. Exactamente como le había pedido.
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.
Salió de casa sin ropa interior, con una falda de cuero y la certeza de que ese día no iba a ser como los demás. No se equivocó.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.