Desde la buhardilla, sin que ellos lo supieran
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Cuando vio lo que asomaba por aquel agujero en la pared, supe que ya no había vuelta atrás. Mi regalo de aniversario nos llevaría más lejos de lo que jamás imaginamos.
Llevaba años imaginando ese momento. Cuando por fin llegó, sentado en ese sillón mientras Camila y Diego se miraban a los ojos, no podía ni respirar.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Habíamos prometido ir despacio. Una copa en casa, nada más. Pero cuando sus ojos buscaron los míos pidiendo permiso, supe que esa noche no íbamos a respetar ningún plan.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.
La amaba como nunca había amado a nadie, pero no podía dejar de imaginar a otro hombre dentro de ella, gimiendo más fuerte de lo que jamás gimió por mí.
Cuando me cerró los dedos sobre la tarjeta, me susurró que tenía veinte minutos para decidir si subía a su departamento o seguía siendo periodista.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Saqué del cajón un consolador que aún olía a ella y la encontré con la mirada baja, mordiéndose el labio como si la hubiera atrapado en algo más íntimo que un secreto.