La confesión que le hice a Valeria antes de dormir
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Llevaba dos años sin que nadie me mirara de esa forma. Y cuando Miguel lo hizo, supe que algo en mí no estaba tan dormido como creía.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
Encontró el teléfono olvidado en la mesilla y tecleó el PIN sin pensarlo. Lo que leyó no era lo que esperaba, ni lo que esperaba sentir.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.
Ocho años escuchando sus conquistas en silencio, fingiendo que todo estaba bien. Hasta que una noche un extraño le ofreció lo que siempre había querido.
Valentina apareció con el vestido rojo y sonrió al ver las mesas de blackjack. Esa noche era la apuesta más alta del casino privado de su marido.
Llevaba siglos en las sombras sin desear nada. Pero cuando me vio solo en la biblioteca, algo en ella cambió para siempre.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Lo había intentado una vez y dolió. Esta vez me tomé mi tiempo, apagué las luces, me encerré en mi habitación y descubrí que el cuerpo sabe lo que necesita cuando se lo permites.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.