El placer anal que descubrí a solas en casa
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Cerré la puerta con pestillo, bajé la persiana y me prometí que esa noche no habría límites. Había esperado demasiado tiempo para descubrir ese placer.
Esa tarde todo parecía normal, una reunión entre amigos. Hasta que ella abrió la puerta de mi cuarto y me miró de arriba abajo, sin pedir permiso.
Sabía perfectamente lo que hacía debajo de esa manta. Y yo decidí no apartarme. Lo que vino después cambió la dinámica entre nosotros para siempre.
Entré al confesionario con vergüenza y salí sabiendo que lo que mi hijo sentía por mí no era tan diferente de lo que yo empezaba a sentir por él.
Su mano estaba donde no debía estar, y mi voz le susurraba cosas que ningún hijo debería escuchar. Pero ninguno de los dos quería detenerse.
Me suscribí sin pensarlo. Era su cara, su cuerpo, su voz. Y yo, su padre, no podía apartar los ojos de la pantalla.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Escuché cómo se masturbaba pensando en mí. Y yo, en lugar de ignorarlo, cerré los ojos y me uní a él desde el otro lado de la pared.
Consuelo nunca iba al cine. Eligió la butaca del fondo y la oscuridad más completa. No sabía que esa película iba a mostrarle lo que llevaba décadas negándose a sentir.
Se quitó la camiseta, luego el sujetador, y me miró fijamente. «Dime cómo quieres que me ponga.» Llevábamos veinte años casados y nunca habíamos llegado a esto.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
No hace falta nadie más. Solo la oscuridad, el peso entre mis piernas y mis manos libres para imaginar todo lo que nunca me atrevo a pedir en voz alta.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
No era la primera vez que Camila llamaba tarde, pero esa noche algo en su voz era diferente. Supe que no iba a dormir pronto.