Carmen volvió a casa antes de lo esperado
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Cada vez que cruzaba las piernas en clase, sus ojos bajaban solos. Tardé dos martes y un viernes en conseguir que me invitara a la sala de lectura privada.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Llevaba siglos en las sombras sin desear nada. Pero cuando me vio solo en la biblioteca, algo en ella cambió para siempre.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Lo había intentado una vez y dolió. Esta vez me tomé mi tiempo, apagué las luces, me encerré en mi habitación y descubrí que el cuerpo sabe lo que necesita cuando se lo permites.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Estaba a punto de llegar al hostal cuando sonó su teléfono. Se quedó blanco. Yo me quedé ardiendo, con el abrigo y las medias, a veinte minutos de casa.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Me miré al espejo y supe que algo había cambiado. Él seguía durmiendo al otro lado del pasillo, y yo llevaba diez minutos sin poder apartar la mirada de su puerta.