Engañé a mi esposa con la brasileña de la fiesta
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Frente al espejo, con la luz tenue y la música baja, descubrí que la mejor compañía esa noche era la mía: mis manos, mi vibrador y unas ganas que no paraban de crecer.
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Me quité la ropa por el calor, cerré los ojos y de pronto ella estaba ahí, con su lencería negra, sentándose sobre mí en mi propia cama vacía.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Volví del hospital al borde del colapso y los encontré a los dos en la cama. No quería dormir: quería sentirme viva, y esa noche decidí lo que cambiaría a nuestra familia para siempre.
Habíamos planeado un encuentro entre todas, pero ella me llevó antes a su apartamento. Cerró con llave, me empujó contra la pared y dejó claro que no pensaba compartirme todavía.
Se conocían desde la adolescencia y se deseaban en silencio. Cuando ambas se casaron con hombres que las dejaban libres, dejaron de esconderse.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.